LA MIEL Y LOS NABOS

ÁLVARO MOHORTE

Hay causas muy nobles que pueden terminar en caricatura a la mínima que nos descuidemos. La gala de los Goya de la pasada semana volvió a evidenciar que el talento de muchos de los premiados no se contagia a los organizadores y ofreció un espectáculo aburrido y con escasos destellos de ingenio, ya que la genialidad queda bastante lejos de esta gran cita de una industria, la del cine español, que sigue sin sacar partido al descomunal mercado de más de 400 millones de hispano hablantes como sí logran hacerlo los franceses con el suyo, mucho más reducido; por no hablar de los americanos y británicos, que obtienen ríos de oro de una lengua que han conseguido convertir en herramienta de ocio y negocio para buena parte del planeta.

En esta cita, la actriz Leticia Dolera subió al escenario para entregar un premio y, de paso, reprochar la escasa presencia femenina en la gala con la castiza acusación de que aquello era un 'campo de nabos'. Sin embargo, unas horas más tardes tuvo que pedir disculpas, pero no porque se le reprochara el comentario por ordinario, sino por discriminatorio.

«En la gala de ayer, el chiste de 'el campo de nabos' hacía referencia a los hombres cis que presentaban, escribían y dirigían. No pensé en que a su vez invisibilizaba a las mujeres que tienen pene. El lenguaje es poder y está bien pararse a pensar en porque decimos lo que decimos», apuntó en la red social Twitter, terreno donde se había generado el peculiar debate que le obligó a la disculpa.

En el choque de corrientes entre quienes todo lo consideran demasiado y quienes todo lo ven escaso, el foco de atención terminó en un punto bien distinto al que se orientaba: reclamar una igualdad efectiva entre sexos sin discriminación económica no social. Sin embargo, tener voz en Twiter es entendido por muchos usuarios como una forma de alcanzar su minuto de gloria, ocupar su espacio para llamar la atención, aunque para ello se opte por irse por las ramas y tomar lo realmente importante como una excusa para decir la última palabra o poner la puntilla al debate.

En este país se desperdicia talento femenino con techos de cristal y barreras retributivas, se pierde juventud formada a costa del presupuesto nacional para que den los mejores de sus años a otros países que los acogen por cuatro duros o se prejubila a gente en perfecta forma que podría seguir ejerciendo su oficio para que los sustituyan empleados que cobran menos y, en consecuencia, gastan menos, quitando grasa al engranaje económico, lo que termina saliendo mucho más caro que el ahorro que se busca lograr.

Ah, y para las legiones de indolentes 'haters', si realmente quieren que las cosas cambien para bien, que recuerden aquellos de «más moscas se cazan con miel que con vinagre». Que hagan la prueba.

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