EL MÉTODO DALÍ

ÁLVARO MOHORTE

Comprar no es pagar. Esta era la máxima que defendía un conocido negociante (ser empresario es otra cosa) en los tiempos en los que se hinchaba la burbuja. Su exposición contaba con todas las artes del prestidigitador: con gestos teatrales, insinuantes movimientos de mano y el gran giro final, el 'prestige' o prestigio, como lo denominan los expertos en el ilusionismo.

Entre los cubiertos, las copas y la servilleta de tela de una comida organizada por una conocida entidad me expuso que la idea era presentarse con un capital pequeño pero suficiente para iniciar la operación, dar la señal para la compra y buscar a un comprador alternativo al que colocarle el producto, ya fuera un piso antes de la entrega de llaves o cualquier potencial comprador de los bienes metidos en la transacción.

Sus habilidades como 'empresario' eran la clave, según afirmaba, y su éxito quedaba avalado por su tren de vida, del que fanfarroneaba sin miramientos en mitad de la mesa que compartía con migo y con distintos empresarios y directivos que habíamos acudido al almuerzo en plan boda al principio del cual debió dar una pequeña conferencia algún gurú que no recuerdo. Doce años más tarde, desconozco cómo acabaría aquel tipo, pero no creo que demasiado bien. Como en la magia o en la serie 'The leftovers', supongo que las bases de su método para hacer rico se esfumarían entre 2007 y 2009. Supongo que también que alguien quedaría enganchado y él mismo tendría que vérselas en una complicada situación de la que espero que saliera escarmentado, sin desearle nada peor.

Realmente esta especie de comisionismo estuvo muy extendida y evidencia el curioso efecto de la revalorización. Además, no todo son malos ejemplos. Cuentan que Salvador Dalí, siempre aficionado al lujo en la buena mesa, tenía un peculiar método para no privarse de nada y poder disfrutar a cuerpo de rey sin sentir sus finanzas afectadas.

La clave era elegir un buen restaurante en el que supiera que estaba allí el dueño o alguien con verdadera autoridad en el negocio. Sabedor de su fama, se dejaba ver y agasajar con lo mejor del establecimiento. El marisco más fresco, las carnes más tiernas, los vinos más exquisitos y postres más suculentos. Con el café y la copa ya en la mesa, departía con el metre desplegando su indudable don para en entretenimiento y pedía la cuenta.

Por muy abultada que fuera, ese era el momento de la verdad. Si ninguno de sus acompañantes estaba dispuesto a invitarle, era él el que sacaba un cheque, lo rellenaba y, antes de entregarlo, le daba la vuelta y hacía un dibujo, acompañado de su reconocida firma. Prácticamente nadie fue a cobrar aquellos cheques. Muy al contrario, se solían enmarcar y situar en un lugar destacado del local. Eso truco sí tenía prestigio.

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