DE MESTALLA A PYEONGCHANG

Ya han empezado los Juegos de Invierno, una buena oportunidad de abrir la mente: hay vida más allá del fútbol

FERNANDO MIÑANA

El jueves regresé a Mestalla. Hacía cinco o seis años que no veía un partido en vivo. ¿Y qué me llevó, a un renegado del fútbol como yo, de nuevo a la grada? Leo Messi. La víspera me paré a pensar y decidí que era estúpido dejar pasar la oportunidad de ver durante 90 minutos al mejor futbolista que ha habido nunca. Creo que ya acabó la discusión. Yo he sido un maradonista ferviente, pero, más allá del virtuosismo, no he conocido a otro jugador que maneje los partidos como él, que marque el tempo él solo, en un deporte de once contra once, con la firmeza de Zubin Mehta. Es único.

Aunque Mestalla también me reafirmó en mi alergia por este deporte. El forofo mató al fútbol. La gente no acude al campo como espectadora sino como militante. No quiere ver un juego bonito, quiere un buen resultado. Y por eso a nadie importa que el equipo plante la barraca delante de su portería durante 180 minutos. Son entendibles, viendo la diferencia de plantilla (y de presupuesto, claro), los primeros 90, pero no los segundos. El Valencia renunció a buscarle las cosquillas al Barça. Lo fio todo a un contragolpe atinado. Ojo, y todos contentos. Yo hubiera preferido ver un bloque valiente, cauto pero al mismo tiempo audaz. Y encima sale luego el tonto de turno y le tira una piedra al autobús azulgrana. ¿A santo de qué? Si había sido un choque, en este sentido, impecable: limpio y noble.

Por eso hace tiempo que deserté. A mí me gusta disfrutar del deporte por su belleza, por su emoción. No por el resultado. No por un escudo. No por una bandera. Eso te permite paladear a Federer, mitificar a los All Blacks o emocionarte con las leyendas olímpicas. Sean de donde sean. También de las nuestras, como Chuso García Bragado, que vendrá a competir a Burjassot en un par de semanas.

Ahora es tiempo de Juegos de Invierno. Y da igual que no haya pisado una pista de esquí en mi vida. Pero si enchufas la tele y escuchas a Antonio Alix histérico durante una retransmisión de biatlón en Eurosport, no es difícil emocionarte con un deporte con el que estás poco familiarizado.

El viernes fueron inaugurados y los Juegos demostraron una vez más su trascendencia después de unir en el desfile a las dos Coreas. Y volveremos a verlas juntas, inusualmente empastadas, durante la competición de hockey hielo en el que las mujeres llevarán una camiseta en la que simplemente pondrá Corea. Sin distinciones. Vaya triunfo.

También hubo tiempo para el toque exótico que tanto gusta a los noticieros de la tele: el abanderado de Tonga con el torso desnudo, los representantes de Bermuda en bermudas o el equipo nigeriano de bobsleigh, que debutará en Pyeongchang justo 30 años después de la irrupción en nuestras vidas de aquel inolvidable equipo de bobsleigh jamaicano. De película.

España acude gracias a otra proeza contranatural. Con trece deportistas que tienen mucho mérito. Javier Fernández y Queralt Castellet optan a las medallas después de emigrar en busca de lo que jamás podrían encontrar en nuestro país. Y Lucas Eguibar, junto a sus compatriotas Regino Hernández y Laro Herrero, jugarán a esa maravillosa ruleta rusa que es el snowboard cross, uno de mis deportes favoritos. Me parece un espectáculo al alcance de cualquiera, incluso de aquellos que no tienen ni idea, que, por otra parte, es el éxito de deportes como el atletismo. Sabes que gana el que llegue primero. Punto.

Es milagroso tener tantas opciones de medalla para un país que tiene todo su botín olímpico unido a un único apellido: Fernández Ochoa. El oro de Paquito en Sapporo y el bronce de Blanca en Albertville. Y que dedica menos de tres millones de euros a los deportes blancos.

Pyeongchang también engordará la leyenda de Noriaki Kasai, que alcanzará, a sus 45 años, sus octavos Juegos Olímpicos. Lo que nadie más ha hecho. El saltador nació en Shimokawa. La ciudad, en la isla más septentrional de Japón, tiene 4.000 habitantes y cinco saltadores olímpicos. Kasai nació el mismo año, 1972, que su país organizó los Juegos. A los 9 años ya saltaba y a los 16 ya había debutado en la Copa del Mundo, la competición en la que ya acumula 537 apariciones. Con 42 ganó una prueba de la Copa del Mundo y con 44 subió al podio. En 2016 perdió a su hermana, que murió de cáncer, pero semanas después nació su hija.

Hay vida más allá del fútbol.

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