Messi me aburre

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

Messi me aburre. Me empacha. Hace que odie el fútbol. Por encima de todas las cosas. Ya lo he visto en directo. Varias veces. Y creo que ya no quiero verlo más. No voy al fútbol a eso. Acudo a otra cosa. Al cuerpo a cuerpo. A la lucha, a la batalla, a una guerra titánica e imperfecta, de cabezas abiertas si es preciso, de pálpitos por emoción y no por angustia. Mientras Messi exista el éxito del rival será siempre fruto de la casualidad. Es imposible derrotar al equipo en el que juega el mejor futbolista del mundo. Un jugador incontrolable e inalcanzable. Insultante en sus movimientos. No necesita correr para manejar la velocidad del partido. Juega como quiere y a lo que quiere. Voraz. Siempre con hambre más allá del rival, del partido y de la competición. Y esa perfección me aburre, me empacha su exceso, demasiado dulce. Jugar contra el argentino no es fútbol. Es defensa, es miedo, es atrincherarse y buscar la única posibilidad que dará el partido al rival, al plan antiMessi, el insomnio del entrenador contrario. No se trabaja para ganar el partido. La semana transcurre con un plan antipersona y a partir de ahí Dios ya dispondrá. La suerte, la mala suerte. La del larguero que escupió el cabezazo de Rodrigo. La oportunidad para cambiar el relato, el sermón de cada partido. He disfrutado a Messi dos veces en una semana. Al Messi futbolista sin camiseta ni escudo. Cómo un día disfruté con Maradona y otros muchos de Kempes, en mi bando pero sobresaliente para otros. Pero no quiero ese fútbol, el de la excelencia innata, el de nacimiento. Quiero un fútbol imperfecto, de garra, de ida y vuelta. Un juego donde en la antesala del partido reina la incertidumbre. No la de cómo parar a un futbolista majestuoso sino la del resultado, la de comparecer en una igualdad de condiciones. Odio la dictadura del Barça, alimentada por el desigual reparto de muchos de los ingresos extradeportivos. Maldigo esa Liga de clase alta, media y más que baja. Y entiendo la soledad que se vive en el Camp Nou, una grada que no llena ni el mejor jugador del mundo. La falta de emoción vacía el estadio. Y esa es la clave, la ausencia de lo emotivo. El público del campo de Barcelona es de pago y de paso. Alejado de la militancia, del gen y del sentimiento. Turistas. No acuden a ver al Barça. Sólo asisten para decir que un día vieron jugar en directo a Messi, al que se exhibe como si fuera la mujer barbuda. Maradona era el mejor. Bueno pero imperfecto. Sublime en el campo y alborotado fuera. Kempes también era otra cosa. Y esa tara también cuenta en la construcción del relato. Es la imperfección que engancha. La excelencia de Messi no da para eso y ahí es donde yo me alejo. Messi es tan, tan bueno que es capaz de convertir el fútbol en puro aburrimiento. La vida no es eso.

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