ENTRE MENTIRAS Y EMOCIONES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Si nos fiamos de los analistas que conocen la galaxia política de EE UU, cuando pillan a un candidato con su amante y le obligan a dimitir, esto no se debe a su lado golfo, sino a su flagrante mentira. Si usted me oculta su doble vida, ¿cómo no voy a sospechar que me engañe manejando el dinero público? Usted es un farsante, por lo tanto dedíquese a otro menester.

La teoría parece clara, pero luego emergen excepciones cuando sorprenden a un tipo salado faltando a la verdad, como sucedió con Clinton. Fumó porros de marihuana, pero sin tragarse el humo. Y lo de la becaria, en fin, no se podía considerar sexo porque la felación no era sino un masajito oral; sólo la penetración se consideraba sexo genuino. Ya te digo. El máster o presunto máster de la Cifuentes, más allá de las implicaciones legales desprendidas por falsificar un documento público, debe afectar a nuestra corrala por el lado de la trola. ¿Mintió o no mintió? Y si desplegó lengua bifurcada, como acusaban los Sioux al hombre blanco cuando éste soltaba falsedades, su única salida es la dimisión. Pero vayamos un pasito más allá... Desde luego la única opción del político enganchado a la mentira es la de largarse a su casa, alguien así no merece guiar nuestro destino, sin embargo los nuevos políticos atrapados por las emociones tampoco nos inspiran tranquilidad porque para liderar el chiringuito se precisa una cabeza fría, reflexiva, exenta de pamplinadas y sin lagrimones. Ada Colau confesó ser de «emoción fácil» como si eso fuese una virtud. En ella, además, estas emociones infantiles, impropias de un dirigente, son siempre unidireccionales. Jamás se emocionaría con las víctimas inocentes que padecieron torturas en las Chekas de Valencia, Barcelona o Madrid, por ejemplo. Y en manos de gentes así estamos, entre mentiras y emociones.

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