EL MAL DE MENDES

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

Un día después de que este periódico publicara que Amadeo Salvo había despedido a Pizzi con el poco elegante «te ha tocado», el entonces presidente del club mandó a un emisario para que nos comunicara que todo lo publicado era mentira. Nada nuevo. Era la forma de proceder en aquellos tiempos. Un año y unos meses después, el propio Salvo confirmó la información: «Lim me dijo que si no echaba a Pizzi no compraba el club».

Al echar la vista atrás, sin duda la mejor decisión hubiera sido no tirar a Pizzi. Y en esto estoy seguro que hasta el propio Salvo me daría ahora la razón. En aquellos tiempos, en plena borrachera por la llegada del magnate de Singapur, el único que tuvo arrestos para mantener la posición fue Rufete, que con Nuno a un metro escaso de él tuvo la honradez y la gallardía de defender que su entrenador para el proyecto era Pizzi. En la balanza de Rufete pesó más la dignidad que la hipocresía. Y aquella verdad, con el paso del tiempo, le costó el puesto.

El primer gran disparate de la era Meriton fue despedir al entrenador que había logrado inyectar la necesidad de competir y la exigencia de ganar en el equipo. Noches como la del Basilea se han vivido desde entonces pocas en Mestalla. El despido de Pizzi fue la primera de las torpes decisiones de un propietario llevado en volandas por aquella directiva y por una parte de la afición, que nunca se preguntó si era bueno finiquitar a un técnico que dejó al equipo bajo el dintel de una final a cambio de un entrenador íntimo de Mendes, el amigo del dueño. El aparato funcionó como un rodillo, genuflexo ante el luso, para implantar el pensamiento único e insultar a aquellos que se salieron de la verdad oficial. El tiempo ha estancado al Valencia en el limbo deportivo y en la decepción social. Un año después de que echaran al técnico, le tocó a Salvo y Rufete. No hay mejor juez que el tiempo, y en este caso el éxito es de Pizzi.

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