La memoria del aroma

ARTURO CHECA

Cada año en Semana Santa con el regreso al pueblo me pongo nostálgico. Y como suele coincidir con mi aparición por estos lares periodísticos, pues me encanta hablar de la grandeza de las pequeñas cosas. De los verdaderos tesoros, que no son otros que los del día a día. Carpe diem. Esta vez comprobé el evocador poder de los aromas. De cómo un simple olor te transporta décadas atrás, te lleva a otros lugares y hace que mires de nuevo a la cara de seres queridos a los que llevas demasiados años sin ver. Magia. Joyas que te regala la vida y para las que no es preciso billetes de avión, conducir coches deportivos o pagar hinchadas cuentas de restaurante. Un simple aroma de chimenea en la calle y ves de nuevo a tu familia sentada a la fresca en la puerta de casa. La fragancia de la fruta y te topas con el abuelo Demetrio degustando una ciruela pruna tras una siesta en el tresillo del comedor. Hueles madalenas de las de verdad y te topas con la abuela Felicitas picoteando un rollete en la alacena. Olfateas la tinta de un viejo periódico y ves de nuevo al abuelo Florentino entrando por la puerta con el ABC que la cartera le llevaba a casa (si es que no se lo había quitado yo antes). Olisqueas el seco barniz de las persianas y vislumbras a la abuela Marciana escudriñando a hurtadillas la calle desde la ventana y la visita del último forastero. Sientes la esencia del campo en un paseo vespertino y ves de nuevo a la cuadrillas de cazadores, con 'Rubi' corriendo hasta desaparecer en el horizonte, con sus agudos latidos perdiéndose detrás de una liebre. Hueles el aceite de una cadena de bici y regresas a aquellas tardes de sol eterno, bocadillo de nocilla, sangre en las rodillas y calles sin fronteras. El aroma es volver a vivir. Otra prueba de lo feliz que se puede ser siempre con la más nimia cosa. De lo mucho que todos nos complicamos todo.

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