Los mejores enemigos

El mundo, y el deporte no se escapa, está lleno de cretinos. Pero es al revés: los buenos son más pero llaman menos la atención

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

A Leticia Dolera, prejuicios, la tenía al principio como la típica niña ñoña, pero la actriz y directora hizo añicos el cliché vomitando verdades como los puños de George Foreman. Su último croché ha sido un artículo denunciando el abuso sexual que sufrió por parte de un director -cogió y, chorreando machismo, le sobó una teta delante de todo el mundo ante la complicidad de otros compañeros que prefirieron callar y mirar hacia otro lado-. Y a medida que las mujeres van perdiendo el miedo a que las llamen locas, estrechas o remilgadas, como si una no tuviera el derecho a ser lo que le dé la real gana, van saliendo otras que se atreven a contar sus casos. No son tremendas violaciones, pero sí infinidad de momentos en los que el hombre es asquerosamente hombre.

Hay mucha gente mala. Y cruel. Llevo años predicando que vivimos en un país machista y racista. Dejamos ir a los negros en nuestros autobuses de blanquitos, sí, pero cuando se para y hay que bajar, adelantamos el paso por delante del sudamericano y, si osa intentar salir antes que nosotros, le lanzamos una mirada furibunda, un mensaje parecido a «haz el favor de esperarte, indio, que primero voy yo».

También llevo tiempo denunciando la mugre que hay en los estadios de fútbol. Una vez escribí una columna contando el desprecio, y el asco, que me produjo ir a Mestalla y escuchar al famoso rincón del tendido llamado Grada Joven, o algo así, llamar puta a Shakira por el simple hecho de ser la mujer de un rival. Me quedé solo. Es más, algunos compañeros y amigos me miraron como si fuera un cursi. Sobre el pulso con Cataluña voy a pasar de puntillas. En este periódico ya encontrarán ríos de tinta sobre el asunto.

Yo hablo de la reacción de la gente. De españoles y catalanes mirándose y hablándose con un profundo desprecio. Veo tanto odio que no me lo puedo creer. Yo nací en Cataluña y siento un cariño imborrable, y quizá absurdo, por la tierra donde solo viví tres o cuatro años. El resto, permítanme la broma, lo pasé en España. Los independentistas no escuchan. Solo ladran. Pero los grupos de Whatsapp y los muros de Facebook de mis amigos están atiborrados de auténticas barbaridades. No me puedo creer lo que leo. Me dan miedo. Es gente a la que ahora empiezo a ver capaz de ponerse un uniforme para achantar a los 'catalufos'.

Cuando, en realidad, no sabemos vivir sin nuestros 'enemigos'. Si les gusta el baloncesto, les recomiendo el documental que está ofreciendo Movistar + por entregas. Se titula 'Los mejores enemigos' y aborda la histórica y legendaria rivalidad entre los Boston Celtics y Los Ángeles Lakers. Eso sí que era odio dentro de una cancha. Una rivalidad deportiva que elevó a la NBA hasta donde está ahora. Antes de los duelos entre Magic Johnson y Larry Bird, la NBA no era ese deporte que es ahora, que llena cada día rutilantes pabellones. Ni ese espectáculo que arrasa en Estados Unidos y que cuenta con millones de seguidores en todo el mundo. La mejor competición deportiva del planeta, dicen. No, antes era un deporte decadente que no conseguía enganchar con la audiencia. Hasta que llegaron el 'Show Time' y el 'Beat L. A.'.

El atletismo ha destapado otra vergüenza. Ilias Fifa, el campeón de Europa de 5.000, el valenciano Mahdi Lahouifi (bronce en un Europeo júnior de cross), su hemano y el resto de su pandilla de marroquíes nacionalizados han sido arrestados porque, presuntamente, trapicheaban con productos dopantes.

Al final uno cree que vive en un mundo lleno de cretinos. Cuando es al revés. Vivimos en un mundo de gente maravillosa que llama la atención mucho menos que la abominable.

El otro día pasé por el Mercado Central. Fui a la parada de Solaz y estuve un rato charlando con Paco Solaz. Le pregunté si visitaba las queserías de los productos que vende. Me dijo que sí. La conversación empezó a desviarse hacia la importancia de esta gente que hace lo poco que le queda por hacer a los que viven en ese espacio rural cada día más vacío e indefenso. Yo le dije que contribuyo humildemente comprando en el pequeño comercio casi con la misma devoción que durante años he atendido al deporte pequeño. Porque lo vale y me motiva más que el grande y poderoso. Solaz me contó que Amazon ha ido al Mercado Central con una oferta que podría multiplicar sus ventas y que les dijo que no. «Podría ser un buen negocio, pero vi que no me miraban a los ojos. Soltaban su rollo y no nos miraban ni a la cara».

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