El transcurso de los años produce en la Humanidad cambios tan paulatinos que no los percibimos hasta que algo nos hace ver que estamos en un punto muy distante del que creíamos.

Los economistas definen como 'bienes escasos' aquellos que no se dan de forma ilimitada; los recursos alimenticios encabezan la lista. Desgraciadamente, en los países llamados del Tercer Mundo esta escasez no sólo persiste, sino que es más trágica y acuciante que nunca; pero en los otros boyantes 'dos mundos', la alimentación no sólo ha dejado de ser problema de escasez, sino que, por un fenómeno de inversión, se ha convertido en problema de abundancia. La obesidad -sobre todo la infantil- y el riesgo de enfermedades coronarias nos han llevado al punto, impensable hace tan sólo unas décadas, de establecerse limitaciones al consumo de determinados alimentos. Aquello de admirar a los críos por sus 'michelines' o envidiar a la vecina por lo 'gordo' que se le cría su hijo está, cuando menos, pasado de moda.

En otro aspecto, la gente se va dando cuenta de que el incremento de la esperanza de vida no siempre es un buen negocio. ¿De que sirve alcanzar los noventa, cien e incluso más años, si somos incapaces de valernos por nosotros mismos, no sabemos en qué día, mes y año vivimos y no reconocemos a nuestros propios hijos?

Compatibilizar cantidad y calidad es fundamental para el buen orden de nuestras vidas. Góngora se equivocó al sentenciar que «lo bueno, si breve, dos veces bueno». Hay cosas excelentes pese a ser largas y prolijas y otras cuya brevedad sólo demuestra que no dan más de sí. Tras siglos de entender que la escasez es una desgracia y la abundancia una alegría, esa compatibilización es difícil.

Para la Iglesia Católica esto tiene especial importancia. Temas como el premio o el castigo de los hombres, su trascendencia tras la muerte o la propia naturaleza de Dios dependen, en el aspecto temporal, de su concepto de eternidad y en el aspecto de calidad, de su consideración del bien o el mal absolutos. Dios es eterno, el premio del hombre es el goce del bien absoluto por toda la eternidad y el castigo, el sufrimiento del mal absoluto también por toda la eternidad. Generación tras generación, los hombres nos hemos aterrorizado al intentar, vanamente, escrutar el fondo de esa eternidad. Ha sido precisa la doctrina de los últimos papas puntualizando que no se trata de un concepto, si cabe la expresión, 'cronográfico', de 'ir contando un día tras otro', sino de una fusión atemporal, perfecta, ajena a todo cómputo porque, sencillamente, no es computable. Esto supone el triunfo de la calidad sobre la cantidad. La formación del hombre del siglo XXI admite esta definitiva explicación, indigerible para la mentalidad de tiempos pasados, sólo capaz de aceptar la figura de las ardientes llamas del infierno o el purgatorio, eternas las primeras, temporales las segundas.

En este mismo ámbito de la religión encontramos una actividad seriamente afectada por este binomio 'calidad vs. cantidad'. Actividad, digo, para simplificar, pues en realidad se trata de algo tan sublime como la conversación del hombre con Dios: la oración. El dogma católico diferencia varias clases de oración, pero, revista la modalidad que revista, la oración consiste, en esencia, en esa conversación del hombre con su Dios, es decir, una relación directa, personal, sincera, íntima. Una relación, en los términos que aquí estamos manejando, de plena calidad.

Cada una de estas modalidades tiene sus virtudes, sus carismas. Pero la denominada 'oración repetitiva' puede suscitar dudas sobre su calidad. Se trata de una repetición constante de palabras -no necesariamente coincidente con una oración perseverante- en la que, llevada a sus extremos, las propias palabras pueden llegar a ser sustituidas por una cantinela, un melisma e incluso por medios mecánicos, como hacer girar ruedas o rodillos, quemar papeles o pasar y repasar entre los dedos, de forma automática, las cuentas de un rosario. Lo importante es la cantidad, no la calidad, hasta el punto de que aunque se ignore lo que se dice, cuanto más veces se repita, mejor.

La oración repetitiva tiene su encanto, su mérito y no cabe la menor duda de que será muy agradable a Dios; pero no deja de ser una especie de atajo al que las religiones, a lo largo de la Historia, siempre han recurrido para facilitar el camino a quienes, por una u otra causa, no están mejor preparados y tienen riesgo de perderse por el camino, a menudo arduo, de una profunda oración mental, la meditación.

Su facilidad -recordemos que es un atajo- ha hecho la oración repetitiva no sólo popular, sino, en determinados ámbitos, preferente. Una persona 'rezadora', que practica acaso únicamente la oración repetitiva, puede ser considerada ejemplo a seguir, con inquietud de otras que, frías e incluso incómodas ante esta modalidad, buscan un contacto personal, directo, acaso breve pero intenso con Dios.

Deben tranquilizarse. Jesús de Nazaret recomendó, para hacer oración, cerrarse en su aposento y hablar a Dios con sencillez, porque Él conoce lo que necesitamos antes incluso de pedirlo.

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