De los megayates a las autocaravanas

Yo nunca quise que Valencia pretendiera emular a Montecarlo pero tampoco me gusta parecerme a Mogadiscio

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Si es que no tenemos solución, o calvo o tres pelucas, o vamos a hacer de Valencia la nueva Montecarlo a la que iban a venir VIPs y multimillonarios de todo el mundo a pasearse por el Grao y la Malvarrosa (¿incluía el selecto y exquisito programa una parada en La Pascuala a degustar un bocadillo gigante de carne de caballo, bacon, queso, tomate y cebolla, vino con gasesosa, cacaos y tramusos tras una visita al grupo de viviendas sociales Ruiz Jarabo para posteriormente comprar una malla de clóchinas en el puestecito que abre durante los meses de temporada en la esquina de Doctor Lluch y que se asoma a un inmenso solar de escombros, residuos, neumáticos abandonados y algún que otro coche quemado?) o nos encaminamos irremisiblemente a la Mogadiscio europea con pleno al quince de manteros, pedigüeños, gorrillas, okupas, charangas festivaleras e invasión de autocaravanas en ese paseo Marítimo de una Valencia que iba a ser lo más de lo más, oye, lo más in, lo más fashion, la pasarela de la moda de toda Europa y parte de América, la envidia de España, el escaparate del lujo y el derroche, ¡la bommbaaa! Hombre, pues ni aquello, que está claro que no era lo nuestro y nos quedaba un poco grande porque Valencia es Valencia y no es Nueva York-París-Londres, no sé si me explico, ni esta tendencia actual supuestamente progre, pretendidamente solidaria, inclusiva y sostenible y políticamente de un correcto que tira de espaldas de ancha es Castilla y que cada uno haga lo que le dé la gana. ¿Que usted quiere montar su puestecito de venta ilegal de productos falsificados en la calle más comercial del centro de la ciudad? Pues nada, nada, adelante, no vamos a ser nosotros los que le mandemos a la policía para que nos acusen de dictadores, facciosos, ultras, franquistas, nazis y no sé cuántas cosas más. La calle es suya. ¿Y usted qué quiere, pegarle una patada a la puerta de esa casa vacía pero con propietario y meterse a vivir dentro sin pagar nada, gratis et amore, por el morro, porque yo lo valgo y porque la sociedad corrupta y capitalista en manos de los bancos y de los grandes empresarios no me da lo que me merezco? Pues adelante, no se corte. Y a los gorrillas que no les moleste nadie, que no hacen más que ganarse la vida aunque sea cobrando un impuesto revolucionario. ¿Y las charangas los fines de semana en las despedidas de soltero? Libertad, cultura popular, jóvenes que tienen derecho a divertirse, aunque sea a costa del derecho al descanso de vecinos que si se quejan será porque son muy de derechas, unos cenizos amargados que a veces, ilusos, llaman a la policía para que acuda a poner orden, como si tal cosa, en Valencia, fuera competencia de la policía. Y las autocaravanas, claro que sí, lo que faltaba. Porque una cosa es la tradición de los vecinos del Marítimo de bajarse en verano a cenar al paseo con sus mesas y sus sillas y otra es que la playa convierta su primera línea en un improvisado camping gratuito. Pero en fin, si de lo que se trataba era de parecernos a Mogadiscio, a fe mía que lo estamos consiguiendo.

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