EL MÉDICO DE ELVIS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

A Elvis Presley le derrotó el círculo vicioso de anfetas para funcionar durante el día y somníferos para dormir por las noches. Semejante carrusel, con el añadido de las guarriburguers en su menú, le trasladaron a la tumba apenas superados los cuarenta. Como las píldoras se las recetaba el médico, jamás se le ocurrió pensar que, en realidad, era un drogadicto. Buena parte de mis amistades, de sus hijos veinteañeros y de sus padres octogenarios, acompañan el desayuno de tostada y café con el consumo de pastillitas de felicidad. Así surfean sonrientes, o al menos sin excesivos sofocos, sobre la ondulante jornada que les aguarda. Leo en un largo artículo que nuestra moderna sociedad se agarra a esos comprimidos con notable frenesí, y que su ingesta no mengua, sino que aumenta y se expande. Imposible no recordar el famoso «soma» de Aldous Huxley. Un eminente psiquiatra afirma en el texto que «la vida sin dolor ni enfermedad es imposible.» Pero nosotros queremos una vida de color de rosa salpimentada de gozos y placeres y terciopelos y playas donde los cocoteros nos obsequian con frescas sombras. Deseamos una larga existencia de anuncio televisivo. Por una de esas casualidades, tras leer el artículo comí con varios amigos. Uno de ellos es experto en salud mental. Cuando le comenté estos datos, añadió un detalle aterrador: «En el plazo de unos pocos años una de cada cuatro personas tendrá serios problemas de salud mental». Éramos cuatro, los comensales, con los cual nos miramos intentado adivinar quién sería el futuro orate. No pudimos averiguarlo porque a estas alturas nuestra salud mental luce un tanto perjudicada, con lo cual nos resignamos y pedimos un copazo. Ahora mismo, con la que está cayendo, imagino que el gobierno español mantiene hilo directo con el médico pastillero de Elvis Presley.

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