A la media luna de Valencia

MIGUEL APARICI NAVARRO

Los valencianos no sólo miramos al mar, también lo hacemos hacia la salida del sol. Somos una tierra afortunada. Dentro de un creciente fértil, en forma de media luna. El respaldo cóncavo (sin menosprecio de nuestro altiplano hermano) nos lo da el esencial, aborigen, sistema calcáreo ibérico. Flanqueado, en latitud, por los brazos de apoyo de las norteñas montañas de Portaceli ('Calderona' range) y los montes de Corbera, al sur. Y pese a que somos de natural playeros, cuando en otoño y hasta la primavera nos enfrían el agua salada no tardamos en meternos en el regazo de nuestros más próximos montes. ¡Qué buena ocasión, entonces, para (siguiendo a Serrat) «más altos que el horizonte querer tener buena vista».

Sagunto, Llíria, Benaguasil, Chiva, Cullera... No son una simple lista de cinco nombres. Constituyen la mejor posibilidad de atisbar nuestro territorio, tan plano que fue al paso del viajero escritor decimonónico. Un breve trayecto en coche, dominguero. Una cesta-bolsa con el picnic restaurador y la estancia solazada, en otero, atalayando la tierra de nuestras vidas.

Murviedro monumental. De Sagunto se pueden decir muchas cosas, históricas y monumentales; heroicas y defensivas, estratégicas y viales. Pero yo me quedo con su vista de los naranjales. Es una fijación de adolescencia, cuando por primera vez remonté hasta la esquinera acrópolis bordeando las ruinas teatrales y al asomar la cara por la contraria vertiente de l'Horta, mientras pisaba las bóvedas de las mazmorras romanas, me quedé extasiado por un mar de verdor enano; tupido y cuadriculado.

Edeta miguelística. Otro atolón paisajístico valenciano lo encontraremos, girando la media luna circuital, en la cima de la colina más alta de Llíria; sin feo a donde la iglesia preciosa de La Sangre o al triángulo plazolero central con el palacio de los Alba y la arciprestal; de extra portada pétrea. La subida en zigzag, que recomiendo a pie, me sigue trayendo el recuerdo infantil de los mutilados perdedores apostados y lastimeros; esperando la dádiva de los participantes en la, entonces, multitudinaria romería al monacato de San Miguel Arcángel. Si bien a media falda quedan los pies de la edetana capital ibérica, es grandioso el panorama de cara a la brisa marítima; tanto como el camino, a la espalda, que queda apuntado hacia la tierra alta de unos serranos que se abrazan -casi- con el bajo Aragón.

Montiel benaguasilero. Me ha sorprendido siempre el poco tirón que tiene este punto mirador, comparado con sus convecinos altomiras. Pese a su fácil tradicional acceso con el trenet y a la rampa urbana ascendente hacia el cenobio mariano. Pero es uno de los cincos puntos base guardapaisajes, quizás uno de los mejores para subirse en Pascua con la mona (de horno) a cuestas.

Chiva carlistera. 'Balcón de Levante', podría ser su reclamo turístico. Tan a mano por autovía. Tan centrada en la media luna paisajera. Tan pie de monte; camino, tras plano quartero y secano, del aluvión cuaternario hortero. Con macizo terrano en alto, recogido por los amplios circunvaladores muros muslimes arruinados. Área de correrías carlistas, de la que en la memoria de las enciclopedias quedan un par de famosas batallas y hasta una valerosa medalla premiadora. A ver, pues, desde el puente urbano del barranco el aún tramo de tapial con saeteras para fusiles que perdura cerrando los corrales de algunas casas. Y el pequeño ermitorio de la Virgen del Castillo; que a punto estuvo, aunque lo malogró un alcalde, de ser solar de un espiritualizador convento de clausura carmelita.

Cullera gestadora. Acabo este paseo cultural por la media luna rutera publicitando los riscos del monte de las Zorras. Donde el río Júcar (empezamos junto al Palancia saguntino y atravesamos el Turia) humedece los campos del particular seno sucronense. El Cid y Jaime I, después, se privaron por el castillo moro de Cullera; cuando la enemiga taifa de Denia. Y los franciscanos, hasta que el espíritu de la pobreza ya no llamó a vocaciones, se aclimataron en su mediana pared sobre un santuario popular; hecho a piedra tras piedra de acarreo vecinal (en la imagen, una cerámica del Santuario de Cullera). Completado este circuito selenita, y otra vez oliendo a barquito de sal, la vista aquí se adentra por la Safor que acota el Montgó; de límite alicantino. Pero, ante todo, planea sobre los campos inundables del Parque de la Albufera: ora espejo, ora terrón, ora espiga. Ofreciendo, en particular, unas impagables puestas de sol sobre la Sierra del Caballón y hasta del lontano Pico Caroche; a cuyo contemplar tanto romántico acude en tardes veraniegas, agregados ahora los minusválidos por mor del ascensor acristalado del último tramo de escalones.

No extraña que de los cinco 'vértices' atalayados cuatro sean plaza santificada. Con un Arcángel, en Llíria, y tres advocaciones virginales: de Montiel (Benaguasil), del Castillo (Chiva) y de la Encarnación (Cullera). Lástima... que con tanta 'familia diversa' se nos esté esfumando en el aire la vieja tradición de las embarazadas valencianas que acudían a rezar a la Virgen de la Encarnación y a encender un cirio, rogando para que la criatura naciera sana.

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