Mayores amortizados

No sólo son una carga para el Estado y la Seguridad Social, sino un incordio; se les quiere, sí, no digo que no, pero a mucha distancia

VICENTE GARRIDO

La entrevista publicada en LAS PROVINCIAS con Leopoldo Abadía, un ingeniero de 84 años que triunfa como gurú financiero, es un pequeño prodigio de inteligencia. Este hombre, con doce hijos y medio centenar de nietos, es la antítesis de la situación en la que, por desgracia, se encuentran cada vez más los hombres y mujeres mayores de España y Europa: la soledad. Mientras sonreímos al leerla, nos maravillamos de que tenga bien claro que la edad avanzada no es una oportunidad para convertirse en asistentes de sus hijos («los abuelos no estamos para cambiar pañales mientras los hijos se van a esquiar»), sino para disfrutar -si la salud lo permite- de una visión de la vida que ha sido bendecida por la sabiduría, donde los nuevos objetivos pueden ser tan valiosos como los de cualquier otra época menos longeva.

Y sin embargo, resulta triste la realidad de tantos viejos cuando han dejado de ser niñeras de sus nietos, porque sólo les queda la compañía de sus recuerdos cuando muere su cónyuge. Los hijos están muy ocupados con sus cosas, y los nietos se limitan a algunas llamadas de teléfono y una visita en fechas señaladas (y, en muchos casos, a regañadientes). En el mejor de los casos, si hay posibilidades económicas, uno puede buscar el auxilio de alguna asistente contratada para que se ocupe de sus necesidades más perentorias, cuando ya el comprar o el limpiar se torna algo oneroso, o no se tiene capacidad para seguir un determinado tratamiento médico. Pero en otros muchos casos sólo queda resignarse ante un futuro de soledad. Todo lo que puede pensar es que su época ya ha pasado, y aquello que fuera que hiciese, ya no resulta necesario.

Los mayores creativos, con una vida intelectual rica, una gran claridad de mente y relativa buena salud, son un ejemplo claro de que no existe el 'mayor excedente' en el implacable sistema de mercado que nos rige, que la edad no es un obstáculo para seguir siendo un ser valioso del que aprender. Pero esto es igualmente cierto en esa inmensa mayoría que nunca escribió libros, o que no fueron admirados profesionales liberales, sino que 'simplemente' se limitaron a poner el mejor de sus empeños en cuidar de su familia y trabajar con honradez.

Es una paradoja, pero bien real: cuando la esperanza de vida llega a sus máximos niveles de la historia, un ejército de mayores ha de resignarse a disfrutar de tales años en soledad, sin apenas oportunidad para demostrar que siguen siendo valiosos por el mero hecho de que en un tiempo todo dependía de ellos. En muchos casos son una molestia: ¿qué hacer con el abuelo? No sólo son una carga para el Estado y la Seguridad Social, sino un incordio; se les quiere, sí, no digo que no, pero a mucha distancia, o al menos en diferido, como si debieran tener la delicadeza de no seguir molestando. Alguien debería decir que merecen otro final.

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