LA MATRACA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

No resulta difícil intuir que el cautiverio dobla su ingratitud cuando los camaradas no acompañan durante esa triste circunstancia. En algunas ocasiones, lo peor del curro no viene con el agresivo horario o el arisco jefe, sino con los compañeros pelmas que te narran las cuitas de sus retoños sin que tú les preguntes. Cuando empiezan con ese inquietante «pues mi niño anoche...», les miras pasmado, aterrorizado, y tus ojos emiten destellos que se traducen por: «¿Pero yo te he preguntado algo, mamón?». La gente que abusa del prójimo ejerciendo descargas pelmorras supone una plaga que conviene vigilar. Por la higiene mental colectiva y porque no hay derecho. José Giovanni escribió su periplo carcelero y su conato de fuga en 'Le trou'. En su celda primaba la solidaridad y el respeto, les unía además el mismo fin: escapar. Lástima que les enchufaron a un chivato cobardón y sus planes se frustran. Siempre ese garbanzo negro fastidiando el entorno. A Jordi Sánchez, el independentista con aspecto de probo y divorciado profesor de física y química de un instituto de Salou, le colocaron un preso bonachón y pacífico para que le destripase las rutinas y los códigos del penal, sin embargo ese condenado veterano arroja la toalla pues no soporta «la matraca» que recibe. Sánchez sólo platica acerca de la independencia catalana. Por la mañana, por la tarde, por la noche, durante sus sueños. Y venga la barriga. Y dale con el tema. Y toma con la movida. Insoportable, claro. No sería de extrañar que, el preso que ha renunciado a compartir chabolo con Sánchez, precise asistencia psicológica ante semejante atropello verbal. Tampoco descartamos que, el resto de los españoles recurramos a diversas terapias que nos trasladen hacia la normalidad pues esa misma matraca nos ha desbordado y necesitamos huir del follón.

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