EL DÍA EN QUE MATÉ AL ALACRÁN

El comecocos

Un boli bic, las ojeras perpetuas o Falcon Crest pueden #acabar resumiendo una vida, pero siempre querremos más

Jesús Trelis
JESÚS TRELISValencia

Medio siglo. La vida puede ser medio siglo. Cincuenta años y en ellos: Un globo, dos globos, tres globos, María Luisa Seco o Gloria Fuertes recitando: «don Pato y don Pito/ dan un paseíto». De Starsky & Hutch con su Gran Torino a los Hombres de Harrelson. Érase una vez, el Un, dos, tres y, años después, Dallas y Falcon Crest.

Los chicles de canela, el regaliz negro, los polos de naranja por fuera y el corazón de fresa. Rebañar el bote de Nocilla. ‘Xurro, mitgamanga o mangotero’. Todo el día por el suelo. Las canicas, ‘el clot’, rodilleras en el pantalón. Estudiar, suspender, aprobar, repetir, volver a empezar, superar, memorizar, examinarse hasta el no va más.

La EGB y doña Carmen, el maldito verbo to Be, las clases de Latín, la Física que se disolvía como la química y el regocijo de verse universitario en un tiempo en el que nos creímos que eso servía para algo. El primer cigarro, la cerveza y su amargor, la borrachera de rigor, la discoteca, las canciones de Ducan Dhu. Calamaro al despertar; silbar melodías de Serrat; admirar a Sabina y bendecir su doctrina: «Lo niego todo». Y todo sigue igual. El día en que maté un alacrán.

Medio siglo sin parar de decidir. Si, no. Por aquí, por allí. Escribir y luego leer, imaginar, pintar, incumplir. Defraudar. «No te reconozco», te dirán. Recorrer el mundo más cercano, suspirar por lo lejano. Nueva York, Medellín, Berlín, el lago de Atitlán y el Quinto Real, en el Baztán. Lanuza al amanecer; Yugoslavia cuando era Yugoslavia; Islandia antes de que deje de ser Islandia. Londres y una punki con la cresta azul. El pasaporte de la vida lleno de cuños, a veces puños. Transbordo de sentimientos. Una historia en cada puerto. Sólo, con ella, con ellos. Con quien siempre ha estado, con quien ya no está. Familia, compañeros, amigos, vecinos, socios en la empresa de los sueños. Una mesa con mantel. Lautrec en el burdel. Las canas, la calva, las ojeras perpetuas, la cicatriz en el hombro derecho, las venas cada vez más intensas, el hígado revienta, la cabeza vuela.

Las películas que te hicieron reír, las que te hicieron llorar, las canciones que quedan, los libros que esperan, las fotografías que a veces remiras, los Levis que ya no te puedes poner, los colores que ya no debes vestir. Del amarillo al negro, al final el gris. Un puro como el de Groucho y tu particular Cinema Paradis.

Benedetti, las esculturas de Giacometti, el titanio del Guggenheim, de Caravaggio a Gauguin. La casa, tu gente, un vaso de Vichy, el cojín largo para dormir, las sábanas blancas, las plantas empeñadas en morir, tus amores, tus razones, las obsesiones, el borrador que olía a nata, el boli bic y medio siglo a las espaldas con sus besos incluidos. Don Pato y don Pito, dan un paseíto.

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