MATARSE A BESOS

MANUEL ALCÁNTARA

Los problemas que nos afectan a todos son realmente difíciles porque no solo los tienen que solucionar los de sangre azul, sino los asimilados. Seguimos discutiendo con más vigor los derechos que las obligaciones. Mientras, Puigdemont, recién salido de la benévola cárcel de Neumünster, acusa a España de tener presos políticos y la llama «democracia blanda». Los separatistas son incansables, pero nos están cansando a todos. Llarena lleva al Tribunal de Justicia de la Unión Europea la rebelión de este fantasma, que lleva mucho tiempo posándose las sábanas, incluso las que no son suyas. Ya el padre Rubén Darío había hablado y escrito, de que se puede morir también por roce, por mordisco o por beso, y que la vida se soporta «tan doliente y tan corta» solamente por eso. Ahora parece que hemos elegido el beso, que es la más eficaz para ocultar nuestras verdaderas intenciones, desde Judas para acá.

Los separatistas están dando un espectáculo que solo es gratis para ellos, que calculan cobrar después, cuando se aclaren las cuentas pendientes. ¡Cuan largo nos lo fían!, pero nosotros ya no nos fiamos de nadie. Seguir se ha convertido en una de las bellas artes, pero el separatismo está aprovechando muy bien la euforia por la liberación del president, para reelegirla. El Gobierno cree que aún es posible el juicio por rebelión y nos pide no aventurar hipótesis porque el proceso no ha hecho más que empezar, pero ha venido para quedarse. ¿Se ha aplicado bien la orden europea de detención? Solo lo sabremos cuando se cumpla. En caso de que únicamente se pueda juzgar al exprófugo por malversación también debiera resolverse a besos, como las querellas entre madres, abuelas y demás parientes. Cada boca es suya, pero ya está bien de pegarse bocados cuando se besan delante de los fotógrafos.

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