Marca blanca

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Al principio, nuestro carácter levantisco y meridional, propenso a los calentones súbitos y a los arrebatos volcánicos, se tomó los productos de 'marca blanca' como una afrenta que nos impedía escoger el producto de nuestros amores. La marca blanca reducía, pues, nuestro ámbito de libertad. Sin embargo, poco a poco, nuestra resistencia menguó, entre otras cosas porque perdemos la fuerza por la boca y nos desinflamos rápido. Ante nuestros bolsillos esquilmados por la crisis se impuso la realidad, y un día degustamos la marca blanca, y comprobamos que no estaba mal, y luego repetimos una vez, y otra más hasta que nos enganchamos. La condición humana evoluciona de esta guisa.

Negar la recuperación económica, hoy, supone renunciar a la realidad, y esta nos indica que el personal vuelve a viajar, a cenar en los restaurantes, a comprar ropa, incluso coche nuevo y esos pisos que se construyen otra vez. Esto es un hecho. Pero quizá en los pequeños detalles se detectan las grandes verdades, y esto se certifica cuando asistimos al techo de la marca blanca que permitió a nuestro paladar sobrevivir con dignidad. La ola de la terrible crisis que tanta gente arrastró y que, salvo excepciones, nos dejó a casi todos chepudos y cojitrancos, no ha servido por desgracia para asear el panorama; esto es, suprimir subvenciones chorras, evitar duplicidades, optimizar recursos, cerrar chiringuitos inútiles que son abrevaderos de enchufados y, en definitiva, adelgazar la grasa de las administraciones. En cambio, gracias a inventos como las marcas blancas hemos erradicado melindres y delicadezas que nos transformaban en aristócratas artificiales. De nuevo se concluye que, la empresa privada, realizó sus deberes y abarató costes. No podemos decir lo mismo de las administraciones públicas. Otra ocasión despilfarrada.

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