El Maratón de Valencia, mi hijo predilecto

Es de lo mejor que fabrica esta ciudad: miles y miles de inscritos, atletas veloces y un público entusiasta

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Con el tiempo, a medida que los hijos de mis amigos han ido creciendo, haciéndose mayores y adquiriendo su propia personalidad, he hecho un descubrimiento que me ha dejado estupefacto: todos tienen un hijo favorito. Quieren a todos, por descontado, pero hay uno, ese niño singular, más afable, más sonriente, que es su predilecto. Entre mis vástagos (deportivos) también hay uno más especial, el Maratón de Valencia. Es mi ojito derecho por muchas razones y, como suele ocurrir con muchas de nuestras pasiones, algunas van enganchadas a la infancia, a esas ediciones primerizas en las que salía a la calle con mil ojos en busca de mi tío, otro Fernando Miñana.

El maratón, en Valencia, lo he contado mil veces, era una prueba rudimentaria que, al principio, prácticamente consistía en mandar a los corredores a la marjal y volver. Para que molestaran lo menos posible en la ciudad. Cuánto ha cambiado todo. Poco a poco -ensayo, error- se fueron haciendo pequeñas conquistas hasta que llegó, no disimulemos, el dinero a raudales y convirtió una carrera del montón en una competición excelsa.

Ya no es una atrocidad pensar que Valencia pueda sumarse algún día a los seis 'majors' -Boston, Nueva York, Chicago, Berlín, Londres y Tokio-. O que, por marcas y censos, pueda equipararse a Fránkfurt, París, Rótterdam, Ámsterdam, Seúl...

De repente hemos abierto los ojos y nos hemos encontrado un maratón monumental. En la línea de salida habrá siete corredores con una marca personal inferior al récord del circuito (2:06.13). Y unos 19.000 participantes llegados de todos los rincones del mundo. Gente que, salvo contadas excepciones, se marcha fascinada con esta cita repleta de mil detalles: autobuses gratis, descuentos en los taxis, una bolsa del corredor atiborrada de obsequios, una salida en los dos puentes de foto y una fantástica llegada en la pasarela entre la Ciudad de las Artes y las Ciencias... Y mil atenciones más. O la joya de la corona, calles atestadas de un público, como es el valenciano, entusiasta, ruidoso, espontáneo.

Empieza a soplar una ligerísima corriente en Valencia que alza su voz en contra de tanta carrera y carrerita. Solo hay que mirarlos de perfil para ver que no entienden de qué va todo esto. El viernes leía un tuit de Juan Carlos Granado, uno de los entrenadores de atletismo más sabios que hay en España, en el que contaba que la cifra de personas obesas en el planeta se ha multiplicado por 500 desde 1975. Yo pienso que las carreritas ayudarán en algo a combatir este problema en gasto sanitario y, sobre todo, en la salud de cada uno.

Valencia está en las primeras filas de los maratones internacionales. Ha llegado a un punto en el que solo Juan Roig, canalizando su fortuna a través de la Fundación Trinidad Alfonso, el actual andamio del maratón, puede decidir hasta dónde más quieren llegar. Hoy es probable que el ganador llegue en dos horas y cinco minutos. Y no es imposible que lo haga en dos horas y cuatro minutos. Bajar de ahí ya cuesta un potosí. Muy pocos saben en esta ciudad el dineral que vale que las liebres, esos africanos que llevan en 'carroza' a los favoritos, se estiren más allá del kilómetro 30.

Aquí va a correr hoy Emmamuel Mutai, el cuarto corredor más rápido de todos los tiempos (2:03.13), aunque parece haber entrado ya en la decadencia y no sube a un podio desde 2014. Pero está también Evans Chebet, el gran favorito según los eruditos, los que saben mucho más que mirar el ranking para ordenar a los atletas. El keniano cumplió 29 años hace nueve días y en febrero, en Tokio, fue capaz de correr por debajo de 2.07 a pesar de realizar un paso suicida por el medio maratón. Aunque en su mente pueda pesar que parece un corredor especializado en acabar segundo.

Otro de los candidatos al triunfo es Sammy Kitwara, un atleta de 32 años que procede de Tot, un pueblo en medio del infierno, de una zona donde los Morakwet, su tribu, están a tiros a diario con los Pokot. Además, allí, en las zonas bajas del Valle del Rift, hace un calor espantoso. Al final, hace diez años, se trasladó a Eldoret, donde vive con su mujer y sus hijos. Hizo de liebre en Ámsterdam, donde llegó al 30 en 1.29, y en Berlín, donde fue más rápido aún con un fantástico tiempo de paso de 1.27. La duda es saber si es capaz de correr a esos ritmos hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

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