Manuel Broseta

Tienda de campaña

De vivir, el profesor hubiera sido un referente ante el problema catalán; pero también un látigo moral contra tantos silencios

F. P. PUCHE

Desde hace meses, ante las situaciones de insólita provocación a las que el independentismo catalán sometía al Estado y a la Constitución, me he visto sorprendido por un pensamiento reiterado: ¿qué pensaría, que estaría escribiendo, cómo se pronunciaría el añorado Manolo Broseta?

La respuesta era fácil, pero tenía dos caras. Una era reconfortante y la otra, acusadora. Porque, de vivir, Manuel Broseta estaría dando por todos nosotros la lógica batalla de la unidad nacional, la brega incansable de la defensa de la Constitución. El profesor, sin duda alguna, estaría escribiendo, y animando a actuar, en la línea que fue su segura guía: la aplicación de los principios pactados en 1978 y aprobados en Referéndum, como única garantía del orden jurídico, la legalidad, la igualdad de derechos de todas las autonomías y la elemental búsqueda de un equilibrado modelo de progreso y prosperidad nacional. De hecho, un hombre como él, aunque no hubiera estado ya en la política activa, hubiera sido, a sus 85 años, ese 'abuelo-referente' de la vida pública, ese 'padre' de la etapa constitucional que ahorra vericuetos, despeja dudas, proporciona certidumbres y ayuda a tomar decisiones o a opinar sobre ellas. Es decir, sería el hombre sabio que... piensa, y actúa, por mí y por todos.

Claro que del mismo modo que su pensamiento hubiera sido útil para orientar a la sociedad en el inevitable camino de acierto de la unidad de España, estoy seguro de que sus gestos, palabras o sugerencias hubieran sido, también, un acicate, incluso un látigo moral contra la grandiosa caterva de silencios que, desde octubre, o incluso antes, nos ha proporcionado buena parte del mundo intelectual del que él procedía, así como las esferas profesional, política y social en las que desenvolvió su vida. Aunque el asunto catalán está por resolver, aunque el problema no ha hecho más que empezar a ser reenfocado, ya se puede hacer un pequeño balance; para lamentar cuántos profesores como él han callado, cuántos rectores han dejado pasar su mandato sin pronunciarse, cuántas instituciones llamadas a hablar han dejado huérfano de orientaciones al presidente Rajoy y cuántos partidos, instituciones empresariales, culturales, económicas y sociales han esperado un mes tras otro, en rigurosa actitud de disimulo, antes de abrir la boca y decir algo en algún sentido.

Mañana se va recordar que Manuel Broseta fue asesinado el 15 de enero de 1992. Y la Fundación valenciana que lleva su nombre concederá el anual premio a la Convivencia a una entidad, Sociedad Civil Catalana, que cuenta entre las pocas que, con anticipación y gallardía, dio muestra de estar viva y opinar en contra de la deriva independentista y en favor de la unidad de España y la Constitución. La voz del profesor, que hubiera sido acicate moral contra tan vergonzantes silencios, cobrará vida mañana a través de su Fundación. Pero tengamos por seguro que él no hubiera estado tan callado, no hubiera sido tan tibio como todos nosotros.

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