MANÍAS DIVINAS

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

Mi abuela Virtudes tenía un transistor sobre la mesa de la Singer verde que había en un rincón del comedor. El ruido de aquella máquina de coser es de esas bandas sonoras que uno se llevará a la tumba. Cierro los ojos y todavía puedo escuchar aquella máquina mientras mi abuela y mi madre hablaban de esa magnífica palabra que es pespunte. Repantigado en el sillón, escuchaba el Valencia cada domingo por la tarde antes de que mi madre diera la orden de ir a pasear por el centro de la ciudad. No fui de un dial fijo pero sí que fui de manías, soy de manías. Si el equipo ganaba, me quedaba enganchado a esa emisora. Si perdía, primero cambiaba de narración a la espera de mejores noticias. Cuando me sentía perdido, apagaba el transistor con la (a veces falsa) esperanza de que al volver al darle a la rosca que hacía clic brotaría el empate del Valencia. La infancia permite a cada cual marcar sus normas sin molestar a nadie. A esa primera manía le sucedieron muchas más. Reconozco que cuento los pasos entre dos puntos al menos una vez al día por la acera. Siempre lo vinculo a una situación de éxito y reconozco que si me veo a medio camino, añado un poco de holgura a la horquilla para entrar triunfador en la imaginaria meta. Soy capaz de cruzar la mayoría de los pasos de cebra en menos de diez pasos. Si se presentan apuros, alargo la zancada sin problemas. Hace algo más de tres años, perdí una estampa del Niño Jesús que me encontré sobre un escalón de mármol verde de Escolapios de Micer Mascó cuando tenía unos diez años. La llevé en el bolsillo de mi pantalón durante tres décadas más o menos. La estampa la plastifiqué varias veces. Una vez la extravié y, tras varios días sin encontrarla, compré otra que nunca fue lo mismo. Menos mal que la encontré debajo de un armario en casa de mi abuela. Pero la última vez la perdí para siempre. Desde ese día me siento huérfano, temeroso, preparado para que cualquier desdicha caiga sobre mi cabeza a plomo. Cuando necesitaba ayuda divina, y con divina entra también el fútbol, metía la mano en el bolsillo, tocaba la estampa y esperaba un milagro que a veces llegaba. Un día, un Guardia Civil me perdonó una multa por no tener carné ni seguro en la moto al ver la estampa junto a mi documentación. Palabra del Niño Jesús. El futuro también me lo juego a cara y cruz. Reconozco que selecciono mi ropa interior y que tiro a la basura calzoncillos nuevos si creo que dan mal fario. Y admito que ahora, mientras depuro mi cuerpo, hago bolas de papel y tiro a canasta para calibrar las posibilidades que tiene el Valencia de ganar la Liga. La papelera del baño hace de cesto y siempre debo meter al menos tres de cinco tiros. Si no estoy acertado, me lo juego todo a un triple lejano. No es por nada pero yo les aviso, Curry a mi lado es un principiante.

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