Un mamut varado en las villas de Benicasim

Una pica en Flandes

Nos hemos hecho mayores, el mar y yo. Pertenecemos a un mundo que se está acabando. El turismo es lo contrario del veraneo

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Aunque, según los profesores, el mar no sea un ser vivo, sí que lo es en realidad. Con la edad he aprendido que la diferencia entre existir y vivir tiene todo que ver con el movimiento: Lo que existe permanece, lo que vive cambia. El mar se enfada, se alegra y se entristece. El mar es uno al amanecer y otro por la noche. El mar, careciendo de estómago, tiene el vientre lleno de ánforas romanas, barcos hundidos, esqueletos de ballena, tesoros piratas, partes de abajo de tu bikini y marineros ahogados. Por increíble que parezca, hay más calaveras en el fondo del mar que adornando el ribete de las copas de tu sujetador. Desde que tengo uso de razón, cada verano me siento bajo la misma sombrilla en Benicasim y converso con el mar. Le cuento y me cuenta. Si yo no fuera un ser vivo, no podría ser su contertulio. Llevamos cincuenta años así, hablando de nuestras cosas, y, por ahora, no se cansa.

Una vez, el mar expulsó un elefante africano muerto cerca del hotel Voramar. Viajaría con algún circo cuando reventó y lo arrojaron por la borda. En aquella época, los circos todavía exhibían elefantes y, en la playa de Benicasim, casi no había arena y los bañistas, no teniendo donde tumbarse al sol, pegaban la espalda a las piedras calientes del muro de la carretera. Los niños clavaron cañas al paquidermo y lo escalaron tal que una montaña. Al día siguiente, el mismo mar se lo volvió a llevar. Esas ganas de jugar son propias de los seres vivos y sus hijos. El mar es el cachorro del planeta, el último dios licencioso. O lo era, hasta que empezamos a cambiarle Avemarías a la Virgen del Carmen por basura de plástico.

Acerca de las villas de Benicasim circulan muchos bulos. Es mentira, por ejemplo, que Hemingway escribiera en su novela, eso de «Agradecido a Martha Gelhorn», acalorado, después de hacer el amor a la hora de la siesta bajo la sombra de las palmeras de Villa Pons. Puedo desmentirlo, esa siesta fue de algún tío o primo mío. En cambio, sería cierto lo de las huellas de sal que las olas dejan entre tu cuerpo y el bañador. Lo del olor a higos maduros de las sábanas al mediodía. Que la brisa, entonces, impele al sueño como cuando me soplas en la frente para que no me despegue de ti después de hervir. Que, en Benicasim, el mar es el cielo de la tarde y que se mueve como una falda vivaracha.

En la playa, ni remo ni buceo, ni navego ni presumo de nada. Me limito a mirar al mar desde mi toalla. Llevo toda la vida ahí, sentado en la orilla como un viejo bobo de mar. Otro mamut varado. Nos hemos hecho mayores, el mar y yo. Pertenecemos a un mundo que se está acabando. El turismo es lo contrario del veraneo. Pronto la ciencia sabrá desalarnos sin residuos. Cuando recuerdo cómo era ser feliz, cierro los ojos y sólo veo el mar de mi infancia. Mi regadera con forma de pato mojando los pies a mis abuelos. Eso era todo.

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