Malas hierbas

Si los años 80' tensaron el paisaje, los 90' lo liquidaron. La piqueta arrasó manzanas enteras

RAFA LAHUERTA YÚFERA

De la incomprensión del comercio surge la literatura. Crecí a la sombra de una caja registradora y estuve del otro lado mucho antes que la mayoría. Esa escuela forja. Forja, alecciona y despista. En realidad, un comerciante no tiene personalidad, tiene un comercio. Son palabras de Pessoa, pero las suscribo. El comerciante vive preso de la ideología felpudo por excelencia: el cliente siempre tiene razón, sobre todo cuando no la tiene. Un mantra facilita la sospecha. Nunca estás a la altura del esfuerzo de tus mayores por tener una vida mejor. Con esa presión añadida, escribir es un viaje matizado por el desconcierto, la ironía, el don de desenmarañar la mueca de miseria moral que nos precipita al abismo. El siguiente paso consiste en poner el foco en el lugar menos frecuentado, musicalizar la extrañeza, aquilatar el desencanto para que no parezca rencor. Ese paso también es una trampa. Acaba, inevitablemente, en exigencia comercial. La necesidad de público lo arrasa todo. Escribir libros es fácil. Lo complicado es venderlos, surfear en esa ola, que tu dentadura brille como la de Vargas Llosa en la embajada de Ferrero Rocher.

En julio de 1997 era yo el joven que llevaba el pan a los bares del centro. El fin de semana en que asesinaron a Miguel Ángel Blanco, una neumonía me dejó sin vacaciones. Era sábado. A primera hora fui al bar Voro, al Valencia, al Líbano, a la cafetería Álvaro de la calle Císcar; después al Redford de la calle Comedias, al Eladio, a la horchatería El Siglo, a comidas Esma, al Restaurante Chust Godoy, a la cervecería Bierwinkel. Cada local tenía su peculiaridad, su clientela, su misterio; cada escenario destilaba una Valencia distinta. En las mañanas azules de poco tráfico, repartir pan me parecía el oficio más bonito del mundo. Almorzando en el desaparecido La Barraca, en la plaza Lope de Vega, empecé a sentirme mal. Esa misma tarde, con 40 de fiebre, escuché en sordina el ensañamiento de los idiotas con el concejal de Ermua.

Agosto pasó en trance, leyendo a Borges, convaleciente. El duende febril de la enfermedad me hizo embarrancar en la escritura. Las primeras frases fueron puñales. Mantener los ojos bien abiertos, recordar las fechas, concretar los matices, no tomarse nunca demasiado en serio. En esa presunción pueril que reclama la atención ajena atisbé el semáforo ámbar de la vanidad. En cuanto pude, regresé al vicio solitario del hombre que lee y pasea. Por afición, por necesidad, para ponerme a salvo. No siempre lo logré. La vileza del ego es un lodazal que exige desvelos permanentes. A veces, un hombre cansado es su peor enemigo. Baja la guardia, opina demasiado, se embrutece, abraza el victimismo. A veces, un hombre cansado es una ciudad cansada. Si los años 80' tensaron el paisaje, los 90' lo liquidaron. La piqueta arrasó manzanas enteras. No hubo tregua. El pragmatismo higienista se impuso. Le llaman progreso. El progreso es cínico, seductor, inevitable. Primero infecta, después amputa. Libra batallas que suele ganar. La añoranza por lo perdido es un prejuicio estético. En los barrios masacrados se vuelve trinchera y fantasma. Es lógico. Nadie quiere vivir entre las ruinas. Una ciudad no puede permitirse el susurro de la melancolía: que los poetas abracen a Onán.

El zumbido de las excavadoras liberó espacios, traicionó sombras, dejó que entrara la luz en aquellos huecos donde sólo había ratas, malas hierbas, azulejos que vistos con detalle evocaban el paso del tiempo, la vida de algunas familias, el rumor de una novela que nadie escribiría. Primero sucumbió el edificio Okupa 'Amanecer', después la Platería del Sol, meses más tarde la posada donde durmió Marco Polo a su paso por Valencia. Pocas pensiones resistieron. En El Estudiante, ahora Antigua Morellana, el trasiego era clandestino. Sobre el esqueleto del bar Setabis abrió el café Lisboa; en la Edad de Oro, en la calle del Maestro Generoso Hernández, afloró un nuevo realismo mágico con el rostro de Elvis Presley tatuado en un jamón; en la calle Tundidores, el Restaurante El Rall ocupó los restos del bar Peña, reducto granota en un barrio de xotos. Sobrevivieron los barracones de libros entre un mar de escombros, la barbería del sr Enrique convertida en herboristería de culto, bicicletas Abad a las puertas de un atzucac repentino, la tasca Ángel y sus sardinas, el canto transversal de los pájaros. A Paco el taxidermista le escribieron un grafiti legendario en su taller de la calle Ercilla: "disécale los huevos a tu padre, cabrón". Se lo tomó con humor. Desde la puerta de Comidas Esma, y durante algunas semanas, el solar dejado por la antigua fonda oxigenaba la trama con una visión insólita: el Micalet y Santa Catalina sobre las azoteas de la calle Tapinería. Ninguna postal captó el prodigio. Para constatar la magnitud del universo que se derretía, recurrí a Josep Pla y su "Carrer estret". Finalmente comprendí. La fórmula es infalible: leer a los mejores, prestar atención, hablar lo justo, escribir lo indispensable.

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