Malas compañías

Llevar a tal compañero de baile hace que todo adquiera un olor putrefacto. No vale todo para conseguir el poder

VICENTE GARRIDO

Nietzsche escribió: «Los hombres no buscan la felicidad sino el poder; es decir, generalmente la infelicidad». Una infelicidad, sin embargo, que posee esa adicción de la que se habla siempre, y que genera en quien lo tiene o lo ambiciona un esfuerzo tan denodado como para relegar cualquier otra cosa de sus vidas. Probablemente una de las razones de la adicción al poder es que valida al individuo, lo justifica ante sí mismo (soy un triunfador y un gran hombre) y le permite vivir las sensaciones elevadísimas de excitación y control que posee sobre los ciudadanos. Esto no tendría que ser un problema grave si tal poder se vertiera en bonanza para los administrados y se respetaran la democracia y sus reglas para lograrlo.

En este verano la vida política sigue en el alambre por el desafío secesionista. No se trata de una lucha de ideales, sino de poder. Si Cataluña tuviera los recursos de Extremadura, no pretendería la secesión. Cataluña ofrece un palco de poder razonable hacia quienes lo logren, y eso es un botín apetecible. Ese vale todo explica las amistades peligrosas de los independentistas, que venden su alma al diablo con tal de hacer realidad sus ansias de poder. El devolver la gloria del pasado es su mito artúrico, construido con la historia convenientemente distorsionada. Fíjense en lo último de la CUP y sus ataques al autobús turístico y a las bicicletas de alquiler... seguirán muchos más actos. Pero es que estos lo tienen claro: quieren imponer su ideología ácrata, disfrutar del poder de tener una sociedad hecha a su medida, donde ellos no sean unos friquis sino los modelos a imitar.

Cómo se va a comer este guiso el resto de fuerzas independentistas está por ver. Pero ellos han conjurado al demonio, o sea que tendrán que espabilar. Me preocupa más otra mala compañía, ese 'as de la manga' sacado por Sánchez para impulsar su 'nueva izquierda'. Con el nuevo bucle de Pedro Sánchez ('nación de naciones') ya estamos entretenidos un tiempo. Qué miedo da mirar el caudal intelectual del nuevo jefe del PSOE. Ximo Puig lo veía venir, y por eso se la jugó con una Susana Díaz que en Valencia no tenía nada que decir. Pero no salió la jugada, y ahora el Presidente ha de adaptarse o perecer.

¿Cuáles serán las naciones? Volvemos a la metafísica: ¿podrán los leoneses considerarse una nación? ¿Hay que tener lengua propia? Sánchez, como Descartes, quiere encontrar la certeza primigenia con la que poder comenzar todo. Pero lo peor es que va del brazo de Podemos, un partido que sigue apoyando al bufón de Maduro y su dictadura mientras la gente se muere de balaceo y hambre. Llevar a tal compañero de baile hace que todo adquiera un olor putrefacto. No vale todo para conseguir el poder. Nuestra esperanza está en denunciar que el supuesto aliado es un cadáver de la democracia, y por eso el mal olor. Aire fresco, al menos.

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