La mala leche de la edad

España y yo nos estamos haciendo viejos juntos, a la vez. España, en 2050, será el segundo país más envejecido del mundo y yo tendré 86, ¿sí o no?

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Cuando era joven me hacía mayor, ahora me hago viejo. Suena copiado, pero no lo es. No, no es igual avanzar que declinar, aunque ambas sean formas de aproximarse a un final. La vida pasa sin detenerse, como los trenes directos circulan sin paradas intermedias, de modo que no resulta fácil medir si estás cerca o lejos de la estación término. En nuestro discurrir por la existencia faltan apeaderos donde bajarse, estirar las piernas, hacer pis y calcular, mirando al horizonte con la mano de visera, cuánto llevamos y cuánto falta para acabar el viaje. Es cierto, sin embargo, que, a partir de un momento dado, empieza a ser obvio que ya no vivirás el doble de tus años, como es mi caso. Los principiantes derrochan sus días y los veteranos los entregamos con cuentagotas, pero, por paradójico que parezca, para unos y otros, duran lo mismo. Nos diferencia la importancia que damos al tiempo idénticamente ido. Sólo eso.

La primera señal de que esto es imparable llega el día en que utilizas los dedos de las dos manos para contar tu edad, a partir de ahí ya todo es correr. Pronto ingresas en el club de antiguos alumnos del colegio, tras sentarte en el último asiento del autobús sin inquietar a los abusones. Luego, de repente, ya no estás para cantar en un grupo pop y, enseguida, eres más maduro que los futbolistas de moda. Hay una época en que te invitan a comuniones; otra, posterior, en que todos los trimestres tienes boda; otra también, más tarde, en que los amigos se casan por segunda vez, casi sin cambiar de invitados ni de intenciones; y, de pronto, por sorpresa, los funerales entran en tu agenda para quedarse. Yo, por ejemplo, conozco a muchas personas muertas, y no he borrado el número de móvil de ninguna de ellas, por cierto. El miércoles, sin ir más lejos, me fijé en el telediario y, excepto un general asesino que, ante el tribunal que le juzgaba, se bebió un veneno, ninguno de los que apareció, vecinas de violadores, independentistas, narcos o metereólogos, era más mayor que yo. Y ese genocida no cuenta porque se suicidó, claro. Bueno, salió el Papa, menos mal.

España y yo nos estamos haciendo viejos juntos, a la vez. España, en 2050, será el segundo país más envejecido del mundo y yo tendré 86, ¿sí o no? Supongo que a todos les ocurre eso de tener la sensación de que el universo sigue el curso de su biografía, pero, en el caso de España y mío, se trata de una verdad estadística, creedme.

Para mí, la juventud siempre llegó hasta la edad de las chicas de mi edad que me gustan. Ahora estaría en los cuarenta y diez. Pero, no sé si debo empezar a rendirme. Anoche agradecí a una camarera belga su amabilidad, inexplicable en una camarera belga, y me respondió: «Señor, mi obligación es ser considerada con los abuelitos». Después de eso, a quién le importa que Puigdemont sea el nuevo Dioni. Vivir para ver.

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