Maga, Magos y Magas

MIQUEL NADAL

La práctica de la opinión se ha convertido en un damero maldito. Un charco atestado de hipocresía que en un tiempo de libertad de expresión permite que tu percepción, libre, liberal, sin maldad, te haga acreedor de adjetivos que te vinculan al más feroz totalitarismo. Puedes decir que te gusta esta o aquella serie, este o aquel programa de radio, este o aquel escritor, pero sin embargo hacer una consideración educada pero firme sobre una actuación pública revestida de corrección política te hace asemejarte a un miembro de la tertulia de La Ballena Alegre en el sótano del Café Lyon de la calle de Alcalá, en los momentos previos a la fundación de la Falange y fueras autor de algunos de los versos del Cara al Sol. Decir que no te gusta lo de las Magas no sólo no te convierte en admirador de Jacinto Miquelarena o Agustín de Foxa, ni quiere decir que estés escribiendo el Madrid, de Corte a Cheka. Es legítimo por tradicionalismo, pero también por respeto republicano a la divisa, seria, constitucional, de frontis de edificio público de la Liberté, Égalité, Fraternité, que es algo mucho más serio que un à propos de cabalgata, y en todo caso materia de reivindicación valiente no aquí, sino en todos aquellos países en que no existe ni libertad religiosa ni de la otra. Cada cual asiste a aquello que le parece, y colma su expectativa de convivir con los demás. Durante muchos años, cuando en la familia estábamos en el secreto, la presencia en la Cabalgata de Valencia o de Oliva era un momento de tanto consenso en la bondad, que ahora mismo inventaría una aplicación de contactos para acompañar a la Cabalgata a niños de padres ocupados.

Las tradiciones y los rituales se modifican mientras el cambio no traiga causa de la alergia a la tradición, de la sacrofobia, o la interesada modificación de las cosas por gusto del que manda, o ingeniería social. Decía Charles Péguy que cuando se analiza lo que la política clerical ha hecho de la mística cristiana, no cabe sorprenderse de lo que la política radical ha hecho de la mística republicana. Nada está exento de la crítica respetuosa y el asunto de los Magos de Oriente es un episodio en el que resulta difícil aplicar el estereotipo de la lucha entre la intransigencia clerical y el humanitarismo fervoroso. En medio, por tradición e inocencia, el evento también refleja la adoración, la reverencia al más débil y desvalido, el más menesteroso, el que sufre y huye de la persecución, refugiado en un establo. Esa imagen de la inclinación ante la inocencia no merece un litigio. A mí en todo caso, que me dejen con los Magos. La única Maga para mí continúa siendo, en singular, la Maga de Julio Cortázar del París de Rayuela. «Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos». No hay mejor definición que esa para la vida en común.

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