Aunque escuelas, familias y medios de comunicación manifiesten que los valores son necesarios, no se enseña claramente a distinguir el bien del mal. Por una parte se propaga y se enseña valores, pero las acciones efectuadas o consentidas manifiestan claramente que algo falla. Podría ser la conciencia de haber transgredido los valores comunes, o tener una moralidad disconforme con tal sentido común.

En la obra de Tönnies 'Comunidad y sociedad' se dice que sin comunidad no hay moralidad (conciencia de hacer el bien y evitar el mal) y sin sociedad (atenerse a las normas) no hay progreso ni civilización. Por ejemplo, el conducir bien no se sostendría sin el código de circulación (normas o leyes). De donde no se plantea una situación excluyente entre ambas realidades. Por esta razón, la escuela ha de volver a ser comunidad de afectos, valores, etcétera custodiados por los reglamentos. Una escuela, o una familia, o una ciudad... un estado sin normas es un caos.

Una comunidad principalmente se compone por individuos cohesionados por lengua vernácula, valores, lazos de sangre y sentimientos compartidos. La familia, el pueblo, algunos barrios o vecindario son ejemplos. Pero a veces se fuerza el modelo y la cosa pública se tuerce. Por ejemplo, el III Reich constituye en un primer momento un estado-comunidad (Volksgemeinschaft) con criterios para-valorales: la raza reconocida por la lengua, para con esta última convertirla en cuestión de salud (selección, eutanasia, eugenesia, abortos forzados, matanzas). Similarmente en todo régimen totalitario es más importante el partido que el estado. Así la nación se supedita a la idea (esta idea la heredan de Hegel). Para unos y otros, toda dictadura diría: ¡Qué importa que mueran, se arruinen o..., lo que hay que mantener es la idea! La clave es que la dignidad de cada persona no importa.

De lo antedicho se concluye que plantear una administración como comunidad de valores (sea lengua, raza, sentimientos comunes, unidad de destino...) es un peligro que desliza la situación a una dictadura de convicciones. De lo cual se desprende que quienes no hablen la lengua impuesta o una religión dada son coaccionados o perseguidos.

Entre el modo de estructurar el estado y el de sistematizar las escuelas hay cierto paralelismo. Si se está en un modelo democrático representativo, esto significa que hay valores mínimos compartidos, pero que están regulados por leyes y normas que permiten a cada cual desenvolverse con sus valores morales y religiosos sin impedimentos. El yo (cada uno) se responsabiliza no de sus creencias, sino de los actos. Si uno espera -consciente o inconscientemente- que el estado le dé valores y regule su conducta, nos hallamos ante una inmadurez fatal. Pues una cosa es la obediencia debida a las leyes y normas y otra la concordancia total con los valores (café con leche para todos). De no ser una réplica del molde no se deriva el saltarse la ley porque no me gusta lo que hay.

Lo dicho arriba denota que hay interrelación entre conducta y moralidad. La persona llega a ser 'alguien' o 'alguno' (no 'algo') ante todo por sus acciones, que presuponen operatividad, esto es actividad consciente. Si mi conducta es fruto de mi saber ser y saber estar, los actos indican que hay causalidad en el sujeto, lo que conlleva responsabilidad, es decir, moralidad. Y la hay porque me siento y soy responsable a tenor de la ley. Entonces se me califica de tener madurez.

Las acciones de uno son calificadas de buenas o malas en función de las normas. Así, al cumplirlas la persona se va haciendo buena o mala ciudadana, con sus consecuencias. Por ejemplo, si uno se salta una señal de tráfico puede accidentarse (consecuencia en mí de no tener en cuenta el valor), pero la sociedad también te castiga al aplicar la norma (código) de circulación: multa o cárcel, según gravedad.

La madurez humana se manifiesta en tal persona por tener cierta estabilidad de ánimo, en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de juzgar los acontecimientos y los hombres. Y todo se efectúa al atenerse a los valores compartidos (sentido común) con el debido respeto a las normas que la sociedad (comunidad de vecinos, escuela, estado) han establecido.

Consecuentemente yo (o un grupo más o menos grande de tal sociedad) no puedo decidir unilateralmente porque así lo sea mi deseo, lo subjetivo, sino que se ha de intentar hacer lo positivo. Lo cual conlleva pretender el bien común, que causa una realidad buena. Yo no podría poner(me) las normas de convivencia si no es para bien de todos y cada uno.

Sin embargo, al autoritarismo le agrada la inmadurez para conducir a la gente como si de un rebaño se tratara, pero no lo hace duramente. Una persona autoritaria puede que manifieste como si fuera amor a los demás, no tiene por qué ser antipática; se está dispuesta a darles de todo (pan y espectáculos), menos la libertad. Hay redes que saben qué hilos y cómo tirarlos. Sin embargo, con este modelo se tiende a que los demás se sientan 'a gusto' en esa situación. Se puede reconocer al observar esas redes que hay un clima que crea un caldo de adulación. El resultado es que hay no ciudadanos, sino súbditos, al estilo del condado medieval.

En el estado, en una de sus partes, en la institución educativa, se respira un clima de convivencia, o sea que se ve fortalecido, cuando las normas, validadas por la sociedad, son cumplidas; cuando las autoridades son respetadas y cuando las discrepancias, inquietudes o reclamos son formulados con respeto a través de los canales de participación formales que establece la organización de la comunidad.

Si los padres, maestros o autoridades son consentidores, resultarán hijos, alumnos o ciudadanos caprichosos. Tales, en su puesto de ciudadanos resultarán ciudadanos mediocres y, si gobernaran, gobernantes incapaces, que podrían aplicar la ley del embudo.

Vayamos hacia el progreso con respeto a las normas y que sea éste de calidad conforme a los valores humanistas.

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