Las madres del Goya

En la mayoría de ocasiones ni tiene precio ni se paga con toda una vida el regalo de madres como la de Coixet dejándola que leyera

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Deja a la niña que lea, que para algo le servirá». Isabel Coixet confesó durante la entrega de los Goya que, de niña, se dedicaba a leer cuando tenía que estar haciendo las tareas de la casa, pero su madre evitaba que el padre la riñera diciéndole eso: déjala que lea, que para algo le servirá. En la escena se retrataban las dos: la hija, cultivando el espíritu y disparando su imaginación; la madre, dejando que lo hiciera aunque no supiera muy bien para qué. Las madres suelen tener un sexto sentido para el porvenir e intuyen lo que hará bien. Son como cuenta el Evangelio que era María con Jesús niño, que guardan todo en su corazón. A veces no entienden aquello a lo que se dedica el hijo pero saben que es importante para él. O no son capaces de explicar por qué aplauden tanto a su hija pero la ven sonreír y eso les basta. Les basta con respetar el camino que han elegido y verles felices en él. Luego las descubrimos hablando a las vecinas de su hijo o comprando los libros de su hija. Aunque no los comprendan. La mía guardaba en una carpeta todos mis artículos, hasta cuando las cataratas ya no le permitían leerlos.

Decía el clásico aforismo que «detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer» y lo tachábamos de machista por unir en la misma frase «mujer» y «detrás de un hombre». Pero pocas veces pensábamos que la mujer de la que hablaba podía ser la madre. Y que «detrás» no era «por debajo», sino «en la base». Muchas madres están detrás de algunos genios que la historia nos ha dado a lo largo del tiempo con su dejar hacer, con su apoyo a un plan de locos o con su sostén a la hija o al hijo en cada fracaso que conduce, escalón a escalón, hacia el éxito. En la gala de los Goya, de hecho, hubo más de una madre presente: la de Coixet, la de Gustavo Salmerón o la de Javier Gutiérrez. No es solo que tengan un papel en algún corto o que quieran ver al fruto de sus entrañas recibiendo un premio. Las madres están presentes en el 90% de los agradecimientos. O más. Y no es casualidad. «De bien nacidos es ser agradecidos» y quienes suben al escenario saben que su camino empezó quizás con una madre que les veía leer e intuía que eso era bueno; con un padre que les hubiera preferido notarios antes que cómicos, pero sobre todo felices, o unos padres dispuestos a sacrificarse incluso hasta ofrecer a los hijos una herencia más valiosa que las de Forbes. En cualquier entrega de premios, suelen resultar pesadas las alusiones a la familia de cada premiado pero son lo más sincero y lo más justo de la noche. En la mayoría de ocasiones, ni tiene precio, ni se paga con toda una vida, el regalo de madres como la de Coixet, dejándola que leyera, o la de otro que le apunta a un curso o la de otra que la anima a continuar tras el primer revés en un casting. Ellas siempre están ahí porque son las mejores fans. Para las madres, los hijos siempre merecen un Goya. Todos los Goya.

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