Macron y el catolicismo francés

AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA

El pasado lunes tuvo lugar un acontecimiento histórico en el Colegio de los Bernardinos de Paris, donde Emmanuel Macron intervino en un acto organizado por la Conferencia Episcopal Francesa. Ante más de 400 invitados realizó una intervención histórica que supone la oficialización de un giro radical en la posición religiosa que, desde 1904 hasta nuestro días, había mantenido la máxima autoridad francesa.

La radicalidad del giro no está en la aproximación de las instituciones laicas de la república francesa a las diferentes confesiones y, por tanto, el cambio y aproximación del 'poder político' a las 'autoridades religiosas', sino la 'oficialización' al más alto nivel para que el abismo entre la iglesia y el estado sea reparado. En términos de Macron, la «llama» de la energía de las convicciones cívicas se nutre de fuentes cívicas y religiosas. Además de recordar el compromiso de los católicos en la consolidación de los valores republicanos durante el siglo XX, Macron hizo una mención explícita al ejemplo del Coronel Beltrame, quien fue asesinado el mes pasado al tomar la decisión voluntaria de intercambiarse por un rehén en el ataque terrorista al supermercado de Trèbes. Sin las convicciones y prácticas aprendidas en la iglesia católica hubiera sido difícil entender este sacrificio de un funcionario público.

Para reconocer la laicidad de los poderes públicos no es necesario negar, disminuir o despreciar la importancia de la espiritualidad, la fe y las convicciones religiosas en la ciudadanía. Es un error aplicar estrategias de suma cero cuando las élites políticas y administrativas plantean la relación entre ciudadanía y confesiones religiosas. Aunque fuera un contexto explícitamente católico, Macron intenta mostrar que la pluralidad de credos o confesiones puede ser buena para la ciudadanía: laicidad positiva no significa indiferencia ante las religiones sino inteligente y mutua colaboración. A partir del pasado lunes, el histórico camino de malentendidos y desconfianzas recíprocas debe ser cuestionado.

Como si Macron quisiera pedir perdón a los católicos por haber sido maltratados durante el último siglo, su discurso muestra la mala conciencia de unas élites políticas y administrativas francesas que han dado la espalda a la fuerza social, cívica y cultural del catolicismo social francés, como si fuera un 'animal extranjero'. La vitalidad, fortaleza y pluralidad del catolicismo francés no puede ser ninguneada, minusvalorada y despreciada como simple 'electorado católico'. Para Macron, el catolicismo engrandece la nación y sin él no se puede hacer frente a la crisis económica, al relativismo y al nihilismo. ¿Se imaginan algún líder político ante la Conferencia Episcopal Española estimulando el compromiso social, la defensa de la libertad y el valor de la fe para el fortalecimiento de la ciudadanía?

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