Macron Bonaparte y la nueva política

Una pica en Flandes

La pasada semana vimos en el Congreso #a Pablo Iglesias, famoso ganador de la primera edición de ‘Operación Triunfo’ para comunistas, con chaqueta y corbata

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Según Stuart Mill: «Los conservadores no son necesariamente idiotas, pero casi todos los idiotas son conservadores». Las últimas elecciones en el Reino Unido parecen haberle dado la razón. La primera ministra, Theresa May, las convocó para reforzar su posición ante la negociación de salida de su país de la Unión Europea y, por el camino, se ha dejado la mayoría absoluta. El tiro salió por la culata. La historia de lo ocurrido es fácil de contar. Con encuestas en la mano, disfrutaba de una ventaja de 20 puntos sobre los laboristas, luego tenía sentido forzar una renovación del parlamento y pillar a la oposición con los pantalones en los tobillos. Lo hizo. En su partido se sintieron tan seguros del triunfo que, para obtener un poder absoluto, incluyeron en el programa las medidas más impopulares que imaginarse pueda (como eliminar el pago de 200£ que cada jubilado allí recibe en invierno, por ejemplo). Los votantes que no se chupan el dedo les bajaron los humos y concedieron a la señora May una victoria con cara de corte de mangas, enfermiza e hipotecada. Argumentan que no se explicaron bien.

Mi amigo Ashley Fox, conservador, pero no idiota, sostiene que la prensa es para los políticos como el viento para los pescadores: Está ahí, unos días sopla en una dirección y otros en la contraria y, por tanto, carece de sentido echarle la culpa de los fracasos o atribuirle los éxitos. Ayer, en Francia, también se celebraron elecciones. Emmanuel Macron, la estrella más reciente, ha conseguido tantos diputados que podría cambiar la Constitución sin contar con nadie. Desde Napoleón no se vio tal supremacía. Macron Bonaparte no tiene partido sino un movimiento cuyas siglas coinciden con las de su nombre; no ha celebrado primarias; seleccionó a sus candidatos por currículum sin consultar a las bases; ninguno de sus representantes acepta debates; e hizo firmar a sus futuros diputados que se comprometen a obedecerle; sin embargo, nada de esto empaña su brillo como rey sol de la nueva política. El viento periodístico rola, por ahora, a su favor. Por ahora.

La pasada semana, vimos en el Congreso a Pablo Iglesias, famoso ganador de la primera edición de ‘Operación Triunfo’ para comunistas, con chaqueta y corbata. Con chaqueta el martes y corbata el miércoles. Fluyendo hacia la socialdemocracia. Como el griego Tsipras, que triunfó con un manifiesto tipo Podemos, pero que, después, además de apoyarse en Turquía para frenar a los refugiados sirios y acatar las reformas de Bruselas, pidió carnet de observador en el partido socialista europeo. Fluyendo hacia a las antípodas.

Déjenme, por tanto, que corrija al filósofo utilitarista y concluya sospechando que: «No todos los políticos son imbéciles, pero casi todos los políticos creen que sus votantes lo son». Hasta que las elecciones y el tiempo los sacan a leches de su error.

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