LOCOS PERO LOCOS DE ATAR

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Leía hace unos días a propósito de la sucesiva abolición de la pena de muerte en los países europeos a lo largo de los siglos XIX y XX que cuando todavía estaba vigente en algunos estados germánicos anteriores a la unificación de Alemania se utilizaba una técnica para decapitar al reo consistente en sujetarlo a un poste, amarrarle la cabeza y con una espada afilada proceder a separarla del tronco de un golpe seco y certero. Una especie de guillotina a la que se pretendía despojar de cualquier reminiscencia francesa y revolucionaria. El caso es que en algunas de estas ejecuciones públicas, que llegaron a congregar hasta 20.000 personas, se registraban episodios no sé si calificarlos como grotescos u obscenos, pero en cualquier caso surrealistas. Situémonos en la primera mitad del XIX, sin los avances médicos y científicos que vendrían en los cien años posteriores. Según cuenta Richard Evans en 'La lucha por el poder', había 'espectadores' que se colocaban en primera fila y, en connivencia con los ayudantes del verdugo, les pasaban unos vasitos para en el momento en que la cabeza era seccionada recogieran la sangre que caía del cuello y se la entregaran. Y a continuación (pido perdón por el relato) se la bebían porque aseguraban que era un remedio contra la epilepsia que padecían y que en aquel entonces era considerada una enfermedad propia del maligno, casi una posesión demoníaca. Más de un siglo y medio después leemos estas cosas (los pocos que leemos) y nos preguntamos ¿pero cómo era posible, cómo estaban tan zumbados? Cada época tiene su afán, cada etapa de la historia unos códigos que años o siglos después nos resultan incomprensibles. Dentro de otro siglo y medio, tal vez antes, los historiadores y los etólogos analizarán y seguramente no comprenderán el comportamiento de un hombre maduro, sensato y medianamente inteligente (o eso cree él), incapaz de ver completo un partido de fútbol de su equipo ante el televisor, interrumpido por idas y venidas, visitas al lavabo sin resultado aparente, imprecaciones varias, rezos, promesas, bromas nerviosas sin gracia y rituales supersticiosos de todo tipo y condición, hasta el punto de acabar huyendo del lugar de los hechos en busca de una paz y una tranquilidad, más bien una falta de noticias, que no llegó por culpa de un conductor de autobús que en el trayecto a casa puso a todo volumen una tanda de penaltis que a punto estuvo de hacerle bajar a medio camino, en la calle San Vicente, a la espera de que ocurriera lo que tuviera que suceder. Como se lo cuento. Ahora nos parece una locura el comportamiento de nuestros antepasados del XIX, las costumbres y su modo de vida, pero algún día, se lo aseguro, estudiarán el nuestro y pensarán, con razón, que estábamos todos locos. O algunos.

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