LIMBO TRAGICÓMICO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Firmé mi primer contrato laboral con 23 años. La tinta todavía permanecía fresca y sólo pensé en la jubilación. Sin cobrar el sueldo y mi único anhelo era alcanzar lo más pronto posible la divina jubilación. Comprendo perfectamente a los que no desean jubilarse porque presienten que la muerte les asaetaría rápido. Gente inquieta que necesita mucha actividad para regatear a la guadaña y al sueño eterno. Todo mi respeto para estos compañeros. Pero no es mi caso.

«A ver si con suerte me jubilo o prejubilo lo más pronto posible» fue la cavilación que me acompañó aquella jornada. La jubilación... Qué bueno chico. Sestear. Ir siempre bien abrigado para evitar letales catarros. Gastar bastón de viejo dandi. Leer y ver películas sin el represor reloj marcando los tiempos. Alimentar las repugnantes palomas sentado en un parque mientras el sol lame tus arrugas. Pimplar vino a escondidas del médico aguafiestas. Pasarte el colesterol por el forro del escroto apelando a la máxima de «pa lo que me queda en el convento...». Enchufarle a los (futuros) hijos o hijas de mis sobrinos 'Grupo Salvaje' cuando cumplan siete años, que es la edad, según el catecismo de mi época, en la cual distinguimos el Bien del Mal, pues con ese cine clásico y cimarrón forjaré/manipularé su carácter. Colarte en la caja del supermercado fingiendo despiste de anciano chocho. Derramar opiniones biliosas porque te importa todo tres huevos. En fin, si los achaques no te devastan y la sesera se mantiene con cierto donaire, ¿cómo no apreciar las ventajas de actuar en plan jubilata kamikaze? Por eso siento escalofríos cuando algunas voces opinan que la edad para alcanzar ese limbo tragicómico son los 75 tacos. De todas formas, los autónomos, con la birria de paga que nos llegará, tendremos difícil jubilarnos a cualquier edad. Qué horror.

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