EL LEGIONARIO JEAN GABIN

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Cuando vivíamos en Tánger, mi madre lanzaba a veces una orden próxima al zafarrancho de combate: «¡Este fin de semana nos vamos a Ceuta de compras!», y sólo cabía obedecer dando un taconazo. Los motivos de estas expediciones podían variar: pillar un jamón que traspasaba la frontera camuflado como si fuese un bebé o adquirir licores que iban desde la ginebra hasta un brebaje llamado 'agua del Carmen' sin olvidar un par de cajas de botellas de vino.

Más allá del folclórico ritual de untar a los aduaneros del rey Hassán II colaborando pecuniariamente en difusas rifas a beneficio de huérfanos y otros desfavorecidos, que al menos en aquellos años setenta sí se lubricaba en la frontera para eludir largas colas, lo que me gustaba de Ceuta era callejear de la mano de mi padre, elegir película y cine. Durante esos paseos te cruzabas siempre con legionarios. Todos gastaban, además del reglamentario chapiri, barriga de boa en plena digestión y ese pecho lobo por donde escapaba la pelambrera de su torso. Impresionaban, aquellos lejías. De hecho, creí durante años que, para formar parte de la Legión, se necesitaba lucir una tripa oronda, simétrica, perfecta. Intuí que lo de pecho lobo no merecía tanta importancia. Parece que ahora, acaso influidos por los tiernos propósitos del año nuevo, vigilarán el peso de los legionarios y les exigirán una mengua de su grasa. Ignoro si les van a enchufar la peli 'La Bandera', basada en la novela de Pierre Mac Orlan y con réplica incluida del mismísimo Millán Astray. En el largometraje, un joven y esbelto Jean Gabin interpreta a un legionario de alma herida por zarpa de fiera. Pero una cosa es la visión romántica de las artes y otra los sagrados recuerdos de la infancia. Vamos, que prefiero el modelo de legionario ventripotente aunque sólo sea por nostalgia cañí.

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