Leer a Voltaire

MIQUEL NADAL

Con más de cincuenta años y quince en un colegio religioso resulta complicado engañarme. En todo ese tiempo jamás vi ningún uso, voluntario, sugerido o impuesto de vestimenta con un propósito simbólico de pertenencia a una determinada confesión. Íbamos vestidos como podíamos, que ya era. Por eso las apelaciones, simétricas, a una generosa libertad religiosa con la que cualquier puede expresarse textilmente desde el punto de religioso no son rigurosas. Se habla de la toca y del solideo, y lo más cercano que hemos visto una toca es en algún cuadro costumbrista del siglo pasado. Hoy no llevan toca ni las señoras mayores, que se apuntan, y bien que hacen a los gimnasios de pilates. El solideo, como todo el mundo ilustrado sabe no lo llevan particulares. Por tanto, esas supuestas instrucciones solo están hechas para legitimar el uso en un espacio público, en un aula, de una manera de entender la convivencia, la pertenencia religiosa, y a un grupo de identidad, y a una manera más o menos camuflada de discriminación entre los hombres y las mujeres. Excuso decir que si la operación hubiera sido propuesta desde el cristianismo, las burlas hubieran llenado páginas, memes y videos virales, pero con lo otro parece que quede simpático consentir, ceder, y apelar hiperbólicamente a los derechos humanos. Un poco excesivo. Hay pocas presiones para reclamar la libertad religiosa en países musulmanes. A mí que la vestimenta tenga o deje de tener una función simbólica me parece excesivo. No habrá en el paraíso un Dios revisando billones de horas de grabación para detectar el recogido del pelo de una niña. Bastará con mirar a los ojos y las acciones. Todo esto es fruto de la percepción egoísta de que en los espacios públicos podemos hacer lo que nos da la gana. Sin corbata en un Parlamento, con chanclas a una clase de la Universidad que sostenemos entre todos, o con el torso desnudo allá donde nos convenga. Se vive la fe en el lugar que corresponde, en el templo, y se respeta el espacio público, porque como decía el Arret del otro día, las reglas edifican una cierta manera de entender la convivencia que no podemos imponer a los demás. En el Colegio de mis hijos, gracias a Dios, la Carta de la Laicidad, del Ministerio de Educación Nacional de Francia asegura que nadie puede esgrimir su pertenencia religiosa para rechazar las reglas de la Escuela de la República. Bien claro. «Le port de signes ou tenues par lesquels les élèves manifestent ostensiblement une appartenance religieuse est interdit ». Justo al revés que nosotros. Llevar signos o vestimenta a través de la cual los alumnos manifiestan ostensiblemente una pertenencia religiosa está prohibido. La elección de vestimenta no es una cuestión de libertad. Y la que hace gregaria a la mujer menos todavía. A lo mejor hace falta leer un poco más a Voltaire. Si Don Vicent Blasco Ibáñez alçara el cap...

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