Lecturas de verano

MIQUEL NADAL

Yo a Azorín le debía una columna. El mejor homenaje que puede hacerse a los escritores no son las rutas ni la reivindicación de un año con su nombre. No hay nada más triste que los sellos conmemorativos, los cupones de la ONCE, o la prosa ampulosa, con regusto a copia de enciclopedia de las proposiciones no de ley que hacen los políticos que no saben de quien están hablando, y si lo saben es contra otro escritor. Como ya nadie lee, llegará día que nadie sabrá quien fue Azorín, y lo cierto es que lo que más me sorprende es nuestra incapacidad de hacer del Azorín de su libro Valencia, un signo distintivo de una ciudad capaz de sumar y edificar el futuro sobre la gratitud y no sobre el rencor. A Azorín no lo lee ya ni la derecha. Estamos ya tan expuestos a clasificar y juzgar a los escritores según sus peripecias políticas que hoy en día Louis-Ferdinand Céline, notorio colaboracionista, condenado, es éxito literario en Francia, y sin embargo a la abyecta persona, pero excelso escritor César González Ruano hay que leerlo pidiendo perdón, y Azorín se ha convertido en sinónimo de conservadurismo, domingo de Blanco y Negro de ABC, y pastelillos con lazo comprados después de misa. Habría que reeditar el Valencia, no para exhibirlo en contra de nadie, sino para comprobar que la ciudad fue esencial en la formación del escritor, y no existe otro libro que se haya extendido tanto en su afecto, en la comprensión y en la recreación de la Valencia finisecular del tránsito del siglo XIX al XX. Azorín aprendió aquí el valor de los detalles, la importancia de la realidad, la alergia a la divagación estéril. Valencia afanosa, sensitiva, luminosa, culta, elegante y romana. Todos son adjetivos nacidos del recuerdo generoso. «La alquería en Valencia es claridad. El genio romano es precisión. Los pretiles y los puentes del río, la estatua de Luis Vives, los cafés, los personajes y las fondas, la culta Valencia enamorada de Wagner, y hasta las empanadillas del horno de la calle Comedias, compradas en los descansos de las clases. Si pueden hagan el mejor homenaje a Azorín, y llévenselo como lectura de verano. No les defraudará. No padezcan los alérgicos y los tiquismiquis de las etiquetas. Fue la Valencia republicana, en 1932, la que rotuló una calle con el nombre de Literato Azorín. No hay sospecha de franquismo, y si uno se limita a leerlo podrá desmentir esa estéril manía de no integrar las cosas, y no ver, como el propio Azorín escribía, que Teodoro Llorente y Vicente Blasco Ibáñez también podían ser complementarios. Para escapar del termómetro y huir de la izquierda que riñe y de la derecha banal hay que volver a Azorín: «Vivir honestamente. No dañar a nadie. Dar a cada uno lo suyo. Y entonces estaríamos en nuestro centro espiritual». También lo aprendió aquí. Esas normas romanas que según dijo, encierran la esencia de la civilización.

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