Lazos frente a la maldad

MIQUEL NADAL

Haciendo arqueología de la división de poderes, el siglo XX consagró junto a los tres clásicos, el legislativo, el judicial y el ejecutivo, aquel cuarto poder de la prensa, el de la propietaria del Washington Post, el de la película del Watergate, con color en cinemascope, y pantalones acampanados de Dustin Hoffman y Robert Redford. Ahora estamos en el quinto poder. El poder tóxico de las redes sociales, la abolición de la privacidad, el que contamina la recta disciplina de los medios, dicta sentencia antes que los jueces, consolida una apariencia de participación y marca la agenda de los políticos mediocres. Ese quinto poder inocente, a veces ángel, a veces demonio, suplanta cualquier aspiración de rigor para el análisis de cualquier tema, camufla los problemas en forma de falsas soluciones, cree que un tuit es capaz de modificar el mundo y un video de gatos ronroneando ejemplo intachable de bondad. Es victorioso jinete del apocalipsis que dicta de antemano las reglas de la convivencia y las convenciones sociales e impide opinar algo sensato y libre de un tema de actualidad. Esto se ha puesto muy difícil. Las redes se han convertido en un mecanismo barato y placebo para acallar conciencias y culpabilidades, hacer ingeniería social y construir el imaginario de las manifestaciones. Da altavoz o impone la sordina. El instrumento es perfecto para esta sociedad de vocación adolescente, que cree que por un lazo por una causa, compartiendo o dando un me gusta se consigue detener la mentira, las enfermedades, la pobreza o el incremento del PIB. Aunque estemos en el siglo XXI todavía es posible creer que los individuos se dividen en dos grandes grupos, ajenos a la división de izquierda y derecha: los que creen en la bondad de la especie, y los que dan por supuesta la maldad. Flores frente a fusiles. Frente a la amenaza y el riesgo no hay más solución que la protección. Decía el personaje del monólogo de La chute, de Albert Camus, que sobre la inocencia muerta pululan todos los jueces. La seguridad continúa siendo un patito feo. Te etiqueta como reaccionario. Vende la eximente, la comparación grosera, el incumplimiento revestido de gran causa. Los lazos, amuletos infantiles, incapaces de detener una bala, mientras se disecciona cada actuación policial. Algún día, sin tanto quinto poder, la sociedad recuperará la sensatez. No hay nada más progresista que la Ley, ni más reaccionario que evitar que las leyes se cumplan. Nous vivons dans l'oubli de nos métamorphoses decía Paul Éluard. Hay que convivir con lo que nos transforma. Frente a los profetas y sanadores, el juez penitente que anuncia Camus. La justicia separada de la inocencia. La justicia ciega que no se sorprende de la maldad. La protagonice un hombre o una mujer, blanco o negra, rico o pobre, del terreno o inmigrante. No hay más receta que esa Ley. Se inventó hace miles de años en un ágora, sin necesidad de lazos. Dura Lex sed Lex.

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