El laicismo de Macron

Arsénico por diversión

En Francia, el presidente acompaña a los feligreses de una diócesis golpeada por el terror con toda normalidad y afecto

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

A veces me pregunto si España está preparada para una ofensiva terrorista bajo el signo del Daesh. Ya sé que vivimos el peor atentado yihadista con el 11-M pero, a Dios gracias, no hemos padecido ese goteo incesante de víctimas y de amenazas que sufren nuestros vecinos. Francia, Bélgica o Reino Unido están asistiendo a una batalla diaria y durísima que no queda únicamente en los hechos sangrientos que conocemos. Me refiero a esa sospecha hacia el prójimo, hacia el barrio conflictivo o hacia el que tiene 'aspecto de'. Lo que mina la convivencia es en ocasiones más peligroso que la bomba aislada. No digamos cuando todo ello es utilizado en beneficio de unos u otros en la guerra política. Ahí es donde me temo que España no sepa estar a la altura. No es la estrategia policial, de sobra constatada y programada, sino la moral, la capacidad para saber responder como sociedad a una amenaza interna tan importante.

Mientras en Valencia los ciudadanos asistíamos atónitos a una utilización perversa de la memoria de las víctimas -las mías y las tuyas- a cuenta de una calle o de varias, en Francia, el presidente Macron participaba en una misa en memoria del padre Hamel, asesinado por el autodenominado Estado Islámico en su pequeña parroquia de Saint Etienne-du-Rouvray. Por lo pronto, aquí ya hubiéramos tenido la bronca habitual por la presencia política en una misa. Como si hubiera que temer la llegada del Espíritu Santo que poseyera los cuerpos de los impolutos y laicísimos representantes del pueblo. En Francia, la más que laica Francia, el presidente acompaña a los feligreses de una diócesis golpeada por el terror con toda normalidad y afecto. El atentado no fue a un ciudadano cualquiera, fue a un sacerdote católico por el hecho de serlo. Y eso lo recordaba Macron dando las gracias a la Iglesia Católica por ser capaz de perdonar y no buscar la venganza. En España, la misma noción de perdón suele ser cuestionada y vilipendiada como una muestra de debilidad. Y no digamos una palabra de cercanía por parte de un político a la Iglesia católica. Motivo de excomunión civil, por lo menos. Macron, además, ha tenido una referencia sobre el laicismo que deberían escuchar muchos por aquí: «La República garantiza la libertad de creer o no creer. La República no debe luchar contra la religión». No es precisamente una voz sospechosa ni dogmática ni procede de un entorno ultramontano. Es el presidente de la nación que dio al mundo la Ilustración, que separó el gobierno del trono y el altar y que es paladín del laicismo en todas las esferas de lo público. Sin embargo, su afirmación no puede ser más clara para entender a qué se refiere que un estado sea laico. No implica erradicar lo religioso ni minimizarlo sino garantizar la libertad de vivir bajo unas creencias o sin ellas. Ese paso no se ha dado aún en España y, por lo que vemos, caminamos hacia un plano demasiado distinto.

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