Los labios de Jeanne

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Mis ímpetus de joven y algo pedantuelo devorador de celuloide, en cuanto a las actrices de mis ensoñaciones, se canalizaban hacia Ava Gardner, Brigitte Bardot y Jeanne Moreau, esa sacrosanta tríada. Desde un punto de vista objetivo, las dos primeras, cada una con su personalidad, una morenaza y la otra blonda, eran más guapas. Pero el punto de vista objetivo equivale a un peñazo y sólo en los desparrames subjetivos pescamos la gracia de nuestros morbos. Por lo tanto, mi favorita era Jeanne Moreau porque veía en ella toneladas de misterio y un carisma formidable. Una vez ocupé ascensor junto a Ursula Andress, pero la antaño chica Bond no conservaba el desparpajo sexual de aquel legendario bikini peliculero, con lo cual aguanté el tipo y templé los nervios. También es verdad que ni me miró, en fin. En otra ocasión me crucé en un pasillo con Brigitte Nielsen, la ex de Rambo. Físicamente lucía en su mejor momento. Titánica. Mítica. Amazónica. Con tacones medía casi dos metros y cuando nuestros hombros se rozaron sentí algo de miedo... La Nielsen era un exceso cibernético, parecía irreal y fuera del alcance de cualquier ser humano. Con Jeanne Moreau nunca coincidí. Pero mejor, me habrían temblado las piernas, habría sufrido un infarto. Orson Welles la consideraba la mejor actriz del mundo y tenía razón. Pero más allá de su enorme talento, vasta cultura y profunda inteligencia, me hechizaban esos labios carnosos suyos que imprimían un maravilloso desdén de superioridad a las facciones de su rostro. Gracias a esos labios dominaba siempre sobre la pantalla y la galaxia. Cuando esos labios sujetaban un cigarrillo yo quedaba conmocionado. Estaban los ojos de Bette Davis y los labios de Jeanne Moreau. La sensación de orfandad aumenta ahora que se ha marchado y soportamos tiempos de abusona silicona.

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