Kolbe y el gendarme francés

Me pregunto qué modelos tienen los niños de hoy. Necesitan referentes no sólo en lo igualitario sino también en lo heroico

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Quienes crecimos en las postrimerías del franquismo, recordamos las historias de los niños de la 'Operación Plus Ultra'. Era un programa de radio en el que presentaban los actos heroicos de algunos niños que servían de modelo de vida para quienes aún llevábamos coletas y pantalones cortos. En casa nos ponían de ejemplo al niño que había salvado a su familia de un incendio o a la niña que cuidaba de sus hermanos y sus abuelos enfermos. Era un formato laico de las vidas de santos que, como ocurre en el santoral católico, pretendían ofrecer ejemplos de virtud para que supiéramos encauzarnos. Todos queríamos ser esos niños sin calcular los riesgos ni la vida que nos esperaba a la vuelta de la esquina.

Por eso me pregunto qué modelos tienen los niños de hoy. De los adolescentes prefiero no saber a tenor de las mujeres, hombres, viceversas y otras especies que pululan por las televisiones. Pero los niños, además de modelos igualitarios, donde él se encargue de la casa y ella, de ganar el sueldo familiar, necesitan referentes también en lo heroico. No se trata de que anhelen el sacrificio extremo como Santa Teresa, cuya escapada con su hermano Rodrigo para morir en tierra de infieles, se nos repetía a menudo, matizando que eligió mal el momento. Era demasiado joven y tenía mucho bien por hacer antes de dejar este mundo. La cuestión es que entiendan lo que significa la generosidad hacia los demás hasta el punto de renunciar a la propia vida. Ese extremo no sé si lo perciben con tanto evitarles el conocimiento del dolor y la muerte e incluso el sacrificio de quienes viven para salvar a otros poniendo en riesgo su integridad ya sean militares, policías o misioneros. Quizás toda esa ocultación del sacrificio extremo, que la educación religiosa explicaba con un simple crucifijo, requiera explicar a los niños acciones como la del gendarme francés que se ofreció para sustituir a un rehén en el último atentado yihadista en Trèbes. Su gesto, para los de mi generación, era el de Maximiliano Kolbe, el sacerdote que se intercambió con un padre de familia en el campo de concentración de Auschwitz. Él lo hizo por su fe; el gendarme, por su misión. En cualquier caso, ambos dieron la vida por salvar a otro en un acto que nos impacta especialmente a los cómodos habitantes del egoísta siglo XXI. La diferencia entre aprenderlo de Kolbe y del héroe francés es que resulta mucho más fácil de asimilar si la razón es un bien eterno y superior que si se trata de un deber moral. La posmodernidad no ha conseguido dotar de sentido este último con la fuerza de la religión, y el individualismo feroz que vivimos, incluso en el seno de la familia como unidad frente a otras, no acepta de buen grado la renuncia. Quizás haya que desarrollar programas para trabajar la generosidad con esos millenials ególatras y narcisistas para quienes lo del gendarme es un mero gesto de estupidez y debilidad.

Fotos

Vídeos