JUANJO Y BLASCO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Las nutritivas clotxinas apenas duraron un par de minutos sobre la mesa. Mientras siete amigotes esperábamos el resto del picoteo regado por un refrescante vino blanco, Juanjo (pongamos que se llama Juanjo), sentado justo a mi diestra, se inclinó hacia mi oreja como si necesitase confesar una tanda de pecados. ¿Quería algo? Buscaba discreción, eso resultaba evidente. Confirmé la sospecha cuando carraspeó de un modo artificial. Así pues, ladeé mi cuerpo hacia él en plan torre de Pisa.

Conviene ahora explicarles que Juanjo es uno de los mejores lectores de la ciudad. No sólo eso. Gracias a su buen gusto he descubierto autores interensatísimos, películas la mar de jugosas y músicos cuyas melodías te trasladan al paraíso. Juanjo, pues, deseaba narrarme alguna confidencia sin que el resto de la pandilla se percatase. Su rostro mezclaba el bochorno y la gravedad. Mi intriga aumentaba. Veló su boca con la mano tal y como lo practicábamos durante el colegio pensando que el profesor no percibiría nuestra cháchara. Muy por lo bajini, susurró: «Tengo que preguntarte algo, tío...» Me esperaba cualquier traca, desde que no iba a renovar el abono del Valencia CF hasta que había decidido cambiarse de sexo, yo qué sé. Metamorfoseado en reverendo ocasional, mascullé: «Dime, dime...» Un poco más y añado «hijo». «Estoy leyendo a Blasco Ibañez, ¿tú lo has leído?» Asentí parsimonioso. «Y me está encantando... Es muy bueno, sólo que por prejuicios todavía no le había leído... Estoy flipando.» Coincidí con él, le absolví de sus pecados de juventud progre y sectaria y luego tertuliamos sobre el autor valenciano. Los escritores de su tiempo le odiaron porque se forró con sus novelas, y los valencianos, bueno, pues una vez más nos vimos atrapados por nuestro tenebroso cainismo. Pero poco a poco rompemos las cadenas...

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