La joroba tecnológica

MIQUEL NADAL

Es probable que dentro de pocos siglos, cuando se analicen nuestros esqueletos, los científicos de la época puedan identificar los rasgos de la aparición de cierta alteración en el cuello y en las vértebras del homo sapiens, provocada por el decaimiento y la persistente visión de las pantallas de los dispositivos móviles. Igual llega a conocerse incluso como una especie de joroba tecnológica pues no somos ahora sino 'geperuts' que pasan pantallas con los dedos mientras pasa la vida, las fachadas de los edificios, la luz de la ciudad, el reflejo del sol en los cimborrios, como si tal cosa. Lo veo a diario en el transporte público. Ya no hay gente que salude o mire al frente, ni a los ojos, ni mucho menos que vaya con un libro, un diario, o el prospecto de un medicamento. Todos con la cabeza hundida, gran metáfora de nuestro tiempo. Desde ese punto de vista, que se cierre una librería en el centro de la ciudad, ni es un drama, ni una consecuencia de la colonización del casco histórico por el turismo, ni un proceso que traiga su causa de oscuras y sombrías fuerzas del mal. Es simplemente la acreditación de que lo que se cierra y se clausura es porque ya no resulta útil. Y es culpa nuestra. De ahí que cualquier clase de elegía o de oración fúnebre que pronunciemos debe pasar por un previo y colectivo examen de conciencia. Porque no vale hacerse la foto comprando una vez al año un libro en la Feria, que la buena imagen es la que no se exhibe y se disfruta en la intimidad. Las cifras de ventas y los índices de lectura son para sonrojarnos como sociedad, y plantean la necesidad de una reflexión mucho más seria que la que pueda suponer una retórica, maquillada y políticamente correcta campaña de imagen de fomento de la lectura. Eso ya solo sirve para el que quiere engañarse a sí mismo. Porque de la lectura y de todo lo que lleva aparejada la lectura ni se derivan jorobas tecnológicas, ni ciertos vicios a los que nos conduce la tiranía de la cabeza vencida sobre la pantalla. La lectura exige levantar de vez en cuando la vista, la aparición de la duda, la complicidad, la cercanía, la reflexión o la paciencia sobre lo escrito. Uno lee un párrafo, levanta la mirada del texto y lo contrasta con la fachada sucia o bellísima, o con las nubes que acechan el cielo. Se piensa y después, si corresponde, tras un lapso prudente de tiempo se opina. Nuestro tiempo se ha rendido a la tiranía de lo inmediato en la política o en la cultura. Identificamos el charco, y aun sabiendo que es un charco, acudimos a chapotear como niños, que ya encontraremos la justificación para los actos. Se opina, se emite el juicio, y después ya se reflexionará sobre lo dicho, que con pedir perdón analógico, si alguien se ha sentido molesto, ya se cubre el expediente. Lo importante es la decisión, el símbolo, el relato, que luego ya vendrá el expediente que lo motive. Por eso el patrimonio huérfano esta semana no está en un convento. Está en una librería que cierra sus puertas.

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