JARABE 155

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Durante lo más rudo de la crisis Bélgica estuvo sin gobierno 19 meses y aun así, cuando aquí nuestra economía se jibarizaba, la de ellos subía un punto y medio. Se evidenció que la lubricada maquinaria burocrática de un país, con su ejército de disciplinados y cumplidores funcionarios, bastaba para que los asuntos que afectan a los ciudadanos funcionasen sin graves quebrantos. En general, los políticos dedican buena parte de su energía a las luchas por el poder contra los adversarios y, sobre todo, contra los de su propio grupo. Soportan un sinvivir de intrigas, envidias y zancadillas que trituraría cualquier sesera exenta de la formidable ambición de liderazgo que les alimenta. Yonquis del poder. Son los funcionaros los que se ocupan de los quehaceres diarios, sus jefes políticos son los momentáneos señoritos del cortijo y sus ocurrencias rara vez benefician la rutina que debería de mejorar nuestras existencias. Han transcurrido ya más de 100 días desde que se aplicó, en formato de bajo coste, el famoso 155 en Cataluña. ¿Y? Pues nada. No ha estallado ninguna rebelión y sospechamos que los contribuyentes normales, los que levantan la persiana cada mañana, los que luchan para que prospere su negocio, los que venden sus productos, en cierto modo se han alegrado porque han recuperado la tranquilidad. Algunos profetas pronosticaban abrasivos disturbios. Se equivocaron porque la revolución necesita hambre y Cataluña sigue siendo de la clase media, de la gente que no quiere trastornos ni aventuras que desemboquen en violencias y miserias. Frente a los desparrames de los políticos, cada vez siento mayor cariño hacia el 155. Una temporadita de jarabe 155 en nuestro ayuntamiento, para evitar por ejemplo tanto atasco, no vendría mal. Unas cuantas semanitas de sosiego, vaya, se agradecerían.

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