Irak, el martirio de Mosul

El Estado Islámico acaba de sufrir su peor derrota al perder el control de esta metrópoli mestiza

ENRIQUE VÁZQUEZ

El autodenominado Estado Islámico acaba de sufrir su peor derrota: la reconquista por el ejército iraquí de la gran ciudad norteña de Mosul, casi pegada a las interminables ruinas de Nínive, la capital de la vieja Asiria. Estos nombres ya indican algo notable y que, con tantos siglos encima, aún aporta a su recuperación una importancia singular: Mosul, con casi dos millones de habitantes en el momento de caer bajo control terrorista, ha sido durante siglos una encrucijada de caminos, una metrópoli mestiza y multicultural y, tal vez por eso aunque no solo por eso, fue escogida como su capital por el líder del Estado Islámico (EI), Abubaqr al-Bagdadí, ahora hace tres años.

Yo estuve allí dos veces, hace mucho tiempo, pero está muy claro que, con la excepción del aumento del número de habitantes (frisando los dos millones cuando estalló la guerra de Iraq bajo Saddam Hussein en marzo de 2003) la urbe abigarrada y bastante al margen del Bagdad lejano ha cambiado muy poco en su condición de ciudad pluriconfesional que le ha dado su perfume histórico y es la clave de fondo de un entendimiento tácito y firme de que ninguna comunidad debe buscar su predominio sobre las demás.

Esa articulación secular le dio un estatus sin parangón en el Estado y también la justificación de que países extranjeros históricamente vinculados a comunidades residuales, pero fuertes, tuvieran siempre una palabra que decir sobre su estatus y su porvenir. Por ejemplo, sorprendía la influencia política y social de Turquía, que no se cansó de advertir a todos los gobiernos iraquíes sobre su voluntad de proteger a sus turcos recurriendo incluso a medios militares. Algo semejante ocurre con los kurdos, los vecinos del norte próximo cada vez más afianzados por su papel de primera importancia militar en Siria (cerco a Raqqa) y simultáneamente enfrentados con los turcos y con los militantes del EI. Este curioso poliedro supo, sin embargo, manejar sus tensiones interiores y hacer un frente común frente a los terroristas. Estos proclamaron califa a uno de los suyos, Abubaqr al-Bagdadí, un iraquí musulmán, sunní por supuesto, y exoficial del ejército que desafió con éxito a lo que quedaba de la jerarquía de al-Qaeda.

Eso fue hace ahora casi exactamente tres años, un periodo oscuro cuyo recuerdo bárbaro será, además del terror político, confesional, social y policial impuesto, la demolición hace tres semanas de una obra de arte: el minarete inclinado de la mezquita de al-Nuri, con más de ochocientos años a sus espaldas y símbolo de la ciudad por excelencia. El sedicente califa que lo ordenó, Abubaqr al-Bagdadí, es ya un mero fugitivo si es que no ha muerto en los últimos días, como indican sin confirmación solvente algunos medios. Y Mosul, aunque las imágenes de su destrucción material sean todavía indigeribles, volverá a ser lo ha sido, lo que se ha empeñado en ser con éxito a lo largo de los siglos.

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