Una invitación urgente a otro modo de pensar y de actuar

Jornada mundial del emigrante y del refugiado

El 8 de junio de 2013 el papa Francisco visitó Lampedusa. Desde allí lanzó un apremiante mensaje que culminaba rogando a nuestro Señor que nos diera la gracia de llorar por nuestra indiferencia. El sociólogo Zygmunt Bauman recogió estas palabras suyas en la que sería su última obra publicada en vida, Strangers at Outdoor, dedicada a lo que denominaba el pánico migratorio y sus malos usos.

El papa Francisco y Bauman coinciden en que nada puede ser peor para todos que la globalización de la indiferencia. De hecho, el mensaje de la Iglesia en la Jornada Mundial del Inmigrante es una invitación a toda la sociedad para que acepte que su corazón y su conciencia deben despertar.

En este año 2018 se cumple el 75 aniversario del fallecimiento de Simone Weil (1909-1943). Creo que resulta iluminador recuperar el pensamiento inconformista y, en tantos aspectos, profético, de esta mujer, de modo especial en la advertencia que realizó acerca de un posible devenir paradójico de la cultura de los derechos humanos: si en lugar de atender a las personas de carne hueso, son representativos de un modo abstracto de representarse la dignidad personal, podrán traer más llanto que consuelo.

Creo que nos resulta difícil de admitir que en los setenta y cinco años que nos separan de la desaparición de la pensadora francesa la humanidad desarrollada ha experimentado lo que, parafraseando al papa Francisco, una "colonización de las conciencias", posible merced a ese uso ambiguo de los derechos humanos.

Dicho de modo sencillo: si son los derechos de toda persona humana, especialmente de los más pobres y vulnerables, que están por encima de las políticas de los Estados, y que pueden juzgarlas y determinar sus errores e injusticias, cumplen su misión. Por el contrario, si funcionan como principios abstractos que sirven para justificar que vivimos en el más justo de los regímenes posibles, se convierten en un parapeto de los atropellos que se cometen contra los más débiles.

Tampoco podemos dejar de mirar que la inmigración forzosa y las situaciones de los refugiados han reavivado nuevas formas de esclavitud. Además de las de tipo económico, se ha regresado a la funesta pesadilla de la "subasta de seres humanos", cómo no, cebándose de nuevo conos subsaharianos.

La alianza perversa que se teje en Occidente entre la búsqueda desenfrenada de hedonismo mantiene pujantes las redes de prostitución y de trata de personas, que se nutren de mujeres inmigrantes que ya no tienen horizontes de una vida mejor.

Para muchas personas hablar del corazón es sencillamente inadmisible, alienante, sospechoso. Me viene a la cabeza cómo von Hildebrand advirtió hacia el descrédito que las ideologías nazis habían extendido contra lo que él designaba como la afectividad fina, la que nos permite reaccionar con amor y compasión, y reconocer el misterio insondable de cada persona.

Esto es lo que propone la Iglesia hoy: que nos demos cuenta de que los inmigrantes y sus personas no son cosas, son personas, y las personas sólo son respetadas en su dignidad cuando sabemos reconocerlas desde el corazón.

La apelación al corazón a algunas personas les da miedo. No es de extrañar. Vivir así nos hace más vulnerables. Pero también más felices. En temas de inmigración se emplea con frecuencia este parapeto: ningún país puede acoger a todos los que llaman a su puerta. Es cierto. Claro que ningún país tiene esa capacidad. Pero, ¿cuánto es su deseo? Existe entre nosotros un déficit lamentable de capacidad porque existe una merma culpable de deseo.

También se escuchan voces que claman por la propia identidad cultural. Pero la cultura está al servicio de las personas, y nada ha sido más fecundo a lo largo de la historia que los encuentros culturales llevados desde el mutuo reconocimiento y la amistad. Por el contrario, nada ha sido más letal para un pueblo que cerrarse obsesivamente sobre sí mismo.

La pregunta correcta no debe alentar un temor hacia la pérdida de identidad. Al contrario, debe tener generar la confianza de que el verdadero bien es difusivo, y que ninguna cultura deja de acoger todo lo que auténticamente promueve lo que anhela el corazón humano: el respeto de la dignidad, la verdadera libertad y la generosa capacidad de amar de las mujeres y de los varones de carne y hueso.

La dureza de corazón del régimen nazi fue universalmente desacreditada en los llamados juicios de Nüremberg. En los mismos se puso de relieve la superioridad del sentido moral de la conciencia sobre las órdenes injustas. Nada más urgente en nuestro tiempo que saber tratar a los más pobres con esa rectitud de sentido moral. Una democracia participativa debe generar respuestas ante los emigrantes ilegales que no se limiten a disposiciones técnico jurídicas, sino que expresen una conciencia moral bien formada que interpele a una ciudadanía responsable y a una solidaridad eficaz.

La Iglesia no pretende tener soluciones técnicas para todos los problemas pero sí tiene una convicción insoslayable: sólo mirando a las personas con amor se las trata con justicia. Y a partir de ahí debe orientarse la técnica. Hace años se popularizó un eslogan para justificar la asepsia valorativa en temas económicos y jurídicos: crear un orden en el que no fuesen necesarios ni los héroes ni los santos. Décadas después comprobamos que ese orden sin apelación a la conciencia moral incrementa el número de aprovechados que aprenden a jugar con él para el propio beneficio excluyente. No es ése el camino.

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