INÚTILES LAMENTOS

JOSÉ MARTÍ

Todos vimos lo que sucedió. No hace falta darle más vueltas. No hay justificación que valga para poner paños calientes a la labor de un árbitro recién ascendido a quien le viene grande un derbi. Anular el segundo gol del Levante no tiene nombre. Tampoco se puede cargar contra el equipo beneficiado por los errores de un colegiado catastrófico. La culpa es de quien lo anula y señala un penalti inexistente, él sabrá por qué. Sin embargo resulta muy feo en estos casos -como se ha pretendido desde algún sector blanquinegro- restarle importancia a la jugada como si fuera un lance más del partido, tratar de silenciar lo ocurrido y sacar pecho por el controvertido triunfo. Esa actitud empequeñece a un equipo supuestamente grande. La maquinaria mediático-social, e incluso el mismo colegio de árbitros, pretenden aplastar el legítimo derecho a la indignación granota. Además de cornudos, apaleados. Es la eterna historia. La del poderoso que aplasta al débil y sin derecho a réplica. El fútbol considerado no como una mera vía de escape, un simple entretenimiento, sino como reflejo fiel de dos visiones distintas del mundo. La del prepotente incapaz de reconocer y agradecer los regalos por creerse merecedor de ello. Y la del iluso utópico recién llegado que cree que puede aparecer un día y tirar por tierra con un cabezazo de Coke todo el orden establecido desde hace más de medio siglo. El de arriba y el de abajo, el fuerte y el débil, el rico (aunque endeudado) y el pobre (pero saneado). O David y Goliat, si lo prefieren, solo que a David en este caso ni siquiera le dejan lanzar la piedra. Pero de nada vale relamerse las heridas, el pataleo impotente o lucir la etiqueta de eterno agraviado. «¿No era grande ser pequeño? Pues ahí tienes». Como escribió el francés Dufresne, «las lamentaciones no sirven para nada; entregarse a ellas es perder el tiempo presente por un pasado que ya no nos pertenece». El circo tebasiano de la Liga está montado así. Es lo que hay. Por eso debemos pasar página cuanto antes. Empezar de nuevo sin olvidar que la culpa de que el Levante esté decimoséptimo con una victoria en dieciocho partidos no es del árbitro Medié Jiménez. Ya nos da igual el tamaño de su nevera. Todos los granotas, incluido el millar que nos dejamos la garganta allá arriba, nos limitamos a resignarnos, maldecir por lo bajo y regresar a casa con la sensación de haber perdido una oportunidad histórica de, por fin, vencer en el viejo campo ubicado entre Suecia y Aragón. Ahora nos pasaremos el resto de semana preocupados y cabizbajos, viendo el descenso a tiro de piedra, y volveremos el domingo al Anoeta que corresponda para revivir el sufrimiento de tratar de llegar como se pueda a final de mes. Con apuros. Una y otra vez. Así es la vida del necesitado. O no.

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