Intolerantes frente a la tolerancia

Ante el nacionalismo excluyente, Societat Civil Catalana ha reivindicado que es posible ser plenamente catalán sin dejar de ser plenamente español

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Es un hecho que desde su creación en abril de 2014 Societat Civil Catalana (SCC) ha venido haciendo del fomento de la convivencia entre los catalanes de distinta sensibilidad y origen, y entre éstos y el resto de españoles, su razón de ser. Ha sido capaz de sumar un creciente número de simpatizantes procedentes de los más diferentes ámbitos sociales y dotados de sensibilidades ideológicas de lo más diverso. Su éxito a la hora de concienciar y movilizar a los partidarios de recuperar en Cataluña la convivencia cívica, en el marco del Estado de Derecho de la Constitución, ha sido clave para el descarrilamiento del llamado 'procés'.

Nacida en el momento que la deriva secesionista del Gobierno catalán comenzaba a tomar forma, y su presión sobre la sociedad catalana a devenir asfixiante, SCC podría muy bien haberse dejado contagiar de ese nacionalismo montaraz, excluyente, y hasta supremacista que ha venido proponiendo todo ese conglomerado partidista, asociativo y mediático que ha tratado de monopolizar la vida política catalana el último decenio, postulando un nacionalismo español también fanático, intolerante y xenófobo; y una vez roto por los secesionistas el marco constitucional y autonómico, hubiera podido cuestionarlo desde el extremo opuesto, reclamando una vuelta al viejo uniformismo jacobino -que, dicho sea de paso, nunca ha sido patrimonio exclusivo de la derecha-.

Hacerlo habría sido una opción legítima -¿no lo es la del nacionalismo?, pero no fue la adoptada por SCC, que contra viento y marea reivindicó la tolerancia y la convivencia dentro de Cataluña y con el resto de los españoles: la idea de que es posible ser plenamente catalán sin dejar de ser plenamente español; de que Cataluña está llamada a ejercer una posición de liderazgo en la España plural; y de que dentro de la Constitución caben todos los catalanes y todas sus legítimas reivindicaciones.

Por eso no deja de escandalizarme el escándalo que entre algunos ha suscitado la concesión a SCC del 'Premio Convivencia' que otorga una entidad tan exquisitamente apartidista como la Fundación Broseta, y entrega el Presidente de todos los valencianos. Cuando pensábamos que habían quedado atrás los tiempos en los que la tolerancia era tenida por una debilidad del espíritu, y cuando las mentes más preclaras de nuestra sociedad siguen enfrascadas en el trascendental debate en torno a si la intolerancia debe ser contrarrestada con más dosis de tolerancia, o si es legítimo poner coto a su potencial destructivo, los cromañones de este lado del Cenia han preferido twittear desde su caverna que estamos equivocados: que aquí y ahora lo peligroso es ser tolerante, y que ante cualquier llamada a la convivencia toca oponer un muro infranqueable de intolerancia, convenientemente barnizada de santa indignación, justa ira y celo identitario. ¡Qué insoportable olor a rancio!

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