INSEGURIDAD

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El personal no lo sospecha, pero cuando los rostros célebres escapan de su burbuja glamurosa para internarse en los espacios dominados por nosotros los mortales vulgares y molientes, les empapa, aunque lo disimulen, una enorme sensación de inseguridad. Es el miedo a lo desconocido. Acostumbrados a los estrenos parcelados de alfombra roja y al sagrado territorio de la zona «vip», mezclarse con la plebe les supone una inmersión hacia el territorio apache. Por un lado, les seduce pues se sienten exploradores dispuestos a conquistar regiones ignotas; por otro les espanta pues temen toparse con la tribu de caníbales que les pueden ensartar como un pollo. Hace muchos años unos amigotes salimos de noche toledana dispuestos a quemar nuestras naves. Nos acompañó un tipo famoso, muy famoso, realmente famoso, recién llegado de Madrid e incrustado en nuestra pandilla por la recomendación de un tercero. A las cuatro de la madrugada, en una discoteca, mientras parloteábamos apoyados contra la barra, apareció un bolinga que intentó agredirle lanzando un puñetazo heterodoxo a lo Ruiz Mateos contra su semblante. Mientras proyectaba su puño al ralentí gritaba su nombre: «Fulanooooo...», lo cual nos provocó bastante risa. Nos marchamos a todo trapo, protegiendo el famoso, sin que impactase aquel guantazo. El afamado temblaba del acojono. Nos confesó que, aquel agresor, era el marido de una chica con la cual había disfrutado una larga aventura. Nuestras risas aumentaron. Qué bueno, chico, un borrachuzo cornudo en trance de reparar su honor a esas horas... Puigdemont pecó de falta de reflejos cuando se le acercó el espontáneo de la bandera. Por eso la besó. Sin el blindaje del coche y el batallón de escoltas, ante una irrupción disparatada, el miedito torna obediente a la celebridad más díscola y rebelde.

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