Cuando la información importaba

VICENTE GARRIDO

Mi colega en este periódico, Juan Sanchís, ya ha escrito en su blog una magnífica reseña de la película 'Los archivos del pentágono', la última maravilla de Steven Spielberg, cine comprometido con un claro mensaje político y social, que todavía es mejor que 'El puente de los espías', su último film de temática política, y eso que este último ya era excelente. Tan solo subrayaré que es fascinante el modo de desarrollar un thriller mediante medios tan austeros como las palabras o el lenguaje corporal y el manejo del tempo fílmico, constituyendo un ejemplo extraordinario del axioma de que la auténtica tensión o el suspense se genera mucho mejor mediante la zozobra interior de los personajes ante decisiones críticas que por medio de tiros, persecuciones, explosiones y pirotecnia digital que embotan los sentidos.

Lo que quiero subrayar es el contexto histórico tan distinto en el que vivimos actualmente en comparación con el de los años 70, época en la que se sitúan los acontecimientos que narra la película. La primera gran diferencia es el valor de la verdad. La Administración estadounidense que hizo frente a los periodistas de antaño para evitar que publicaran esos papeles comprometedores era plenamente consciente de que la verdad podía destruirla. Y si esa verdad estaba avalada por una prensa de prestigio, no había posibilidad de réplica. Habría que resignarse a sufrir las consecuencias. Verdad y fuente de prestigio, por desgracia, son elementos hoy en día mucho menos sólidos. Lo primero ya lo sabemos: hoy hay un mercadeo de la verdad, contabilizado en 'likes' en las redes sociales, y los líderes políticos tienen mucho menos miedo a las fuentes de prestigio, conscientes de que el público que leía los periódicos discriminando los hechos de las opiniones interesadas ha menguado de forma alarmante.

En aquellos años ya había una televisión potente, pero sus espacios informativos no eran meros voceros ideológicos, o al menos, no osaban torcer la verdad hasta hacerla irreconocible para satisfacer a sus espectadores y grupos de presión. Bajo la creencia de que el progreso social solo podía ir de la mano de la defensa de la democracia, existían unas 'líneas rojas' que ningún buen periodista podía cruzar sin desacreditarse. Queda, desde luego, un periodismo auténtico, pero los productos tóxicos amenazan con corromper los referentes de la vida pública. Millones de personas leen o ven opiniones disfrazadas de noticias, o se creen mentiras puras y duras, al tiempo que contribuyen con su ignorancia a la desinformación general. Cuando parecía que el progreso en la calidad de la información era una conquista próxima inevitable, los Maduro del siglo XXI nos recuerdan cada día que era solo un espejismo. De forma sorprendente, mucha gente prefiere hacer de palmero a exigir un respeto a su inteligencia.

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