INDIOS Y JEFES

RAMÓN PALOMAR

En realidad, la actitud inteligente no es la de ejercer la jefatura, sino la de ese tipo que influye desde las sombras en las decisiones del jefe aprovechando el anonimato de su fuerza así como su capacidad para presionar en lo que de verdad importa. El jefe pone la cara y se la parten a base de leches, el que atraviesa con pasos aterciopelados las bambalinas escapa del linchamiento por la puerta trasera donde le espera el coche con lunas tintadas y el discreto chófer.

Sin embargo, existen un par de factores importantes en esto de asumir la jefatura: la vanidad y el infantilismo. Ya sabemos que cuando le enfundas el uniforme a ciertas personas, un uniforme de ujier, por ejemplo, corren el riesgo de adoptar modales de almirante mientras reparten órdenes a porrillo porque se sienten imbuidos de un extraordinario poder. Se sienten jefes. Jefes de algo, de lo que sea. También, los padres, si narran el trabajo corriente de sus vástagos, se apresuran en añadir lo de «está muy bien colocado en la empresa, es el jefe de...». A lo mejor todo surge en esa extravagante tradición nuestra cimentada en los principios de la hidalguía que impedían doblar el lomo pues la actividad física se consideraba un deshonor. El jefe nunca suda, la tropa sí. Todo el mundo, o casi, aspira en la vida en ser jefe para mandar y que obedezcan, pero los gerifaltes luego inclinan la testuz frente a los superiores tinglados económicos que son los que dominan el cotarro. En nuestro ámbito doméstico, sorprende que la Agencia Antifraude ofrezca más jefes que curriquis. Tres de cada cuatro trabajadores son jefes. Mucho jefe y poco indio, que se dice. Pero la estadística de la brigada antifraude se nos antoja, precisamente, una suerte de fraude ético, moral, existencial. Y da penita esa minoría que no es jefe de nada en el negociado.

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