El independentismo y la democracia

ANTONIO PAPELL

El sociólogo José Luis Álvarez, formado en Harvard y actualmente profesor del Insead, una de las escuelas de negocio más prestigiosas del mundo, ha publicado un artículo inquietante, muy comentado, sobre el conflicto catalán, que requiere no sólo debate sino también una respuesta institucional de los grandes partidos. Sutesis descarnada, que pivota en torno a la inmigración que recibió Cataluña durante la dictadura, se resume en un solo párrafo: el subsistema catalán del capitalismo franquista importó una clase obrera, y media demografía. Cataluña ya no era un pueblo, se convirtió en dos. Uno 'els de casa', otro 'els de fora'. Sin estos, Cataluña no era viable, pero dejaba de ser lo que había sido. Pujol adoptó como misión disolver esta antinomia. Su objetivo no es la fusión de los dos pueblos. Es esperar al declive demográfico y cultural de 'los otros catalanes' para consolidar la supremacía de 'els de casa'. Una estrategia de décadas. Para conseguir el objetivo, Pujol desarrolló tres políticas: la superioridad moral de los catalanes genuinos, la erección de una administración y de un sistema de medios favorables a sus tesis nacionalistas, y la inmersión lingüística en catalán. Con la particularidad de que estas políticas sólo cumplirían su efecto cuando la demografía acompañase, es decir, «cuando hayan fallecido al mayoría de los llegados a Cataluña en los 50 y 60. Entonces el independentismo superaría el 50% de los votos, incluso podría llegar al 60-65%». Y, concluye Álvarez, «si se han sentido tan 'amos' como para montar un golpe con menos del 50% de la población, es imaginable lo que harán con más. [...] Europa, con esos porcentajes, ya no bloquearía la secesión».

El argumento, fácil de aprehender, es sin embargo algo engañoso porque no está claro que la segunda y tercera generación de inmigrantes se estén integrando hasta el punto de adherirse a las tesis nacionalistas. En Europa, no sucede tal cosa en absoluto. Pero en lo que acierta es en la detección de los objetivos del nacionalismo y en el hecho de que si los secesionistas consiguieran una mayoría «suficiente», la ruptura sería seguramente inevitable.

Álvarez concluye proponiendo acciones específicas del Estado para detener el proceso desencadenado por los Pujol, y en concreto para desmantelar la inmersión lingüística. La fórmula es demasiado simple porque los pueblos no suelen reaccionar bien a las amenazas ni a las represalias. Lo lógico sería buscar el camino de la seducción; perfeccionar el deslinde de las competencias entre administraciones; enfatizar las ventajas del bilingüismo; mejorar los sistemas de financiación autonómica; formalizar institucionalmente la españolidad institucional de Cataluña trasladando a su territorio una parte del sector público, etc. Y también, por supuesto, velando con rigor por el cumplimiento de la ley, por la preservación del Estado de Derecho, sin la menor concesión a la marrullería.

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