INDEPENDENCIA TWIN PEAKS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El psicodrama de la independencia empieza a parecerse demasiado a cualquier capítulo de la nueva tanda del 'Twin Peaks' de D. Lynch; esto es, si buscas una explicación lógica tu cabeza puede explotar. Sí, pero no. No, pero sí. Declaro pero tampoco queda claro y luego suspendo y luego firmamos un papel y luego cantamos el himno que eso sí nos mola. Sólo la puntita para disimular. En fin, que nadie se aclara y la sensación de confusa chapuza congestiona las meninges, apelmaza las neuronas. De entre el batiburrillo y la barahúnda destaco que algunos repiten lo de «marcha atrás». O sea que asistimos a un oportunista coitus interruptus de mocedad calentorra, precisamente lo que los médicos y las médicas desaconsejan a los jóvenes y las jóvenas que persiguen el gustirrinín del tobogán hormonal pues en esos caso, ay, en ocasiones, llega el embarazo no deseado y aparece una criatura que luego nutren los abuelos porque los padres no son sino unos descerebrados sin preparación para educar al recién nacido. Entonces, ¿declararon o no la independencia? Pues así de una manera rotunda se ignora, imposible averiguarlo. Observamos un rico abanico de opiniones porque ya nos explicó Clint Eastwood y más tarde repitió Tarantino que «las opiniones son como el culo, todo tenemos uno». Con lo cual la murga no cesará y continuaremos hipnotizados, sofocados o entretenidos ante el recio culebrón hasta que nos hartemos, y francamente estamos al borde de la extenuación. Los semblantes del personal que gozaba de la fiesta en directo gracias a las pantallas gigantes en plan final futbolera reforzaban el caos. Primero los rostros se iluminaron, un segundo después se marchitaron. De la risa destilando felicidad a la llantina de la decepción. Esto no es normal. Nada es normal. Prefiero los inexplicables capítulos de Lynch.

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